lunes, 10 de diciembre de 2012

Por fin es lunes

Y sí. 
Yo sé que la que se celebra es la llegada de los viernes. Que el sábado es el día de éxtasis social por antonomasia. Que el domingo es una especie de purgatorio invertido: una nube gris y aburrida donde se paga la pena de haber disfrutado de los placeres del sábado. Que es el día en que se desata la ansiedad colectiva ante la certeza de que al día siguiente comienza la semana. Otra vez.
      Pues para mí, madre insomne y con la familia viviendo del otro lado del mundo, la cosa es exactamente al contrario. Los viernes son terribles. El día de mayor ansiedad de la semana. Los lunes, al contrario, me vuelve el alma al cuerpo. La razón es una sola y tiene nombre propio: Sori. El alma bondadosa que me ayuda a administrar cada uno de los minutos de las mañanas de mis días. Que no pueden ser todos los días, claro, sino solamente de lunes a viernes. 
      El viernes, cuando despido a Sori en la puerta y le deseo un buen fin de semana, me quedo con un hueco en el estómago. Sé que por  sesenta eternas horas no la veré. Que estaré abandonada a mi suerte. Que yo sola deberé ocuparme de todo. De mi hijo, de lavar, de cocinar, de limpiar, de mi hijo, de acomodar, de poner, de quitar, de doblar, de mi hijo, de tender, de ajustar, de barrer, de secar, de exprimir. De etcétera. Y de mi hijo.
     Cierto que M está también. Y que además de una ayuda, es la mejor compañía que N y yo podemos tener. Y me encanta pasar el día entero en familia. Pero me gustaría muchísimo más si Sori estuviera siempre. No hay que esforzarse mucho para entenderlo.
     Los lunes me despierto con una sensación de alivio. Llena de esperanza. Sé que en cosa de dos horas, llegará Sori. Y que entonces podré poner en sus manos el desastre en que mi casa se volvió el fin de semana y tres horas después, ella lo habrá convertido de nuevo en un lugar habitable. 
      Y como si eso no fuera suficiente, hay un plus: Sori es latinoamericana. Y no les cuento la maravilla que es que mientras alguien convierte el chiquero que pisas en una casa humana, lo haga mientras te cuenta, en español, cómo le fue el fin de semana.
      No me atrevo a pensar cómo será cuando Sori no esté más en nuestras vidas. Pero lo que es ahora, los lunes son mi día favorito de la semana.

sábado, 8 de diciembre de 2012

El arrullo de la secadora de pelo




Quizás este video les pueda parecer exagerado. O truqueado. Pero los primeros seis meses de su vida, cuando a N le entraba alguna de esas crisis neonatales de llanto incontrolable, se calmaba sólo exponiéndolo a las ruidosas ondas de la secadora de pelo.
      Descubrí su efectividad en el hospital. El tercero de los cuatro días de pesadilla que pasé en el Sant’Anna. Fue el peor día. O mejor dicho, la peor noche. De día la cosa no era tan grave porque M y mi madre se turnaban para pasar todo el día con nosotros. Las noches eran terribles porque era entonces cuando N lloraba más y yo sentía que me moría de la pena, del dolor de espalda, de los nervios alterados, de impotencia, de sueño.
      Pero la tercera noche fue la peor, decía. N y yo llevábamos cosa de una hora dormidos. De repente, a eso de las nueve de la noche, lanzó un grito y se largó a llorar. Pasamos por una especie de vía crucis que duró más de cinco horas. Cuando finalmente se calmó y se durmió, una de las comadronas (u obstetras, como les dicen ahora), me mandó a darme una ducha caliente de al menos diez minutos sobre cada seno. Porque como les sucede a muchas, los conductos mamarios, lactíferos, galactóforos o en fin, los ductos por donde baja la leche, se me estaban obstruyendo y tenía las tetas duras, calientes y dolientes.
      Me fui hasta las duchas comunales, empujando la pecera de plástico transparente en que se transporta a todo recién nacido en ese hospital. N dormía. Me dispuse a hacer lo mío, pero apenas meterme bajo la regadera, mi hijo empezó a llorar a los gritos.
      No me acuerdo si llevaba toalla o no. La cosa es que en medio de aquel escándalo (créanme, el llanto de N es agudo, estruendoso, rompe tímpanos) y buscando secarme, tomé la trompa de una secadora de pelo que debieron haber fijado al muro de la ducha no antes de 1980. El cacharro se encendía apenas separarlo de su base. Y el sonido que producía era como el de la primera secadora de pelo de la historia. Pues bien, apenas se puso a andar la cosa, N relajó la boca, los brazos, la cabeza. Dejó de llorar y volvió a quedarse dormido. Mi estupor me llevó a apagarla de nuevo para ver si en serio aquel ruido infernal lo había calmado. Apenas volvió le silencio, él volvió a retorcerse y a llorar y a gritar. Así que la dejé encendida un rato. Hasta que vi que dormía profundamente.
      Al día siguiente volví a empujar la pecera hasta las duchas cuando N sufría una crisis de llanto incontrolable. Todas las veces se calmó. Lo mismo en casa. El arma principal para calmar sus crisis de llanto, fue siempre la secadora de pelo, que pasó de estar colgada en una esquina del baño, a ocupar un privilegiado banco al lado de la cuna de N.
      Un día dejó de funcionar. O más bien, N dejó de ser un recién nacido y se convirtió en un bebé. Las crisis de llanto incontrolable se terminaron y ya no hubo necesidad de usarla.
      Ahora, cuando la veo en el baño, a veces la enciendo un par de segundos, sólo para escucharla. Qué quieren. Yo también le tomé cariño.  

jueves, 6 de diciembre de 2012

Cuadro clínico

N está enfermo. Según el diagnóstico de la pediatra del servicio sanitario, tiene otitis y laringitis. Hace días que está resfriado. Y con fiebre. Y los cuatro incisivos superiores decidieron romperle la encía y bajar a saludar todos al mismo tiempo. 
      Un cuadro así es difícil de soportar para cualquier bebé. Imagínense para uno insomne. Hace días que en esta casa no se duerme. Y yo siento innumerables tornillos gigantes clavárseme detrás de los ojos, en las sienes, en el cuello, a lo largo de toda la columna vertebral. 
      Dormir. Dormir. Dormir. ¿Cómo sería mi vida si durmiera? ¿Qué clase de madre sería si lograra dormir siete horas una de cada tres noches? 
      La noche anterior, N saltó la toma de leche materna que acostumbra hacer al final del día y se quedó dormido mientras su papá le cantaba la canción de antes de ir a la cama. Lo metimos en su saco de dormir que ni se enteró. Estaba frito. Salimos de su cuarto sabiendo que eventualmente despertaría, que lanzaría un grito y se largaría a llorar. Lo que no sabíamos era cuándo. Fue poco antes de la media noche. 
      Yo había apoyado la cabeza sobre la almohada quince minutos antes, y estaba en el proceso de quedarme dormida. Me levanté de un salto y corrí a su cuarto. O quizás me levanté con pesadez y arrastré mi cuerpo laxo hasta su cuarto. No sabría precisar. Decidí darle la toma. Porque no la había hecho y porque así era posible que volviera a dormirse con tranquilidad. Pero no. Mientras tomaba la teta, se removía en mis brazos como si buscara liberarse. Entonces el pezón escapaba de su boca y empezaba a llorar. Cuando no me quedaba una gota de leche más, intenté tranquilizarlo acunándolo y haciéndole shu-shu. Era una cosa que funcionaba antes. Hace algunos meses. Volvió a dar resultado, solo que apenas ponerlo sobre su cama, despertó y empezó a llorar. Me senté a su lado, le tomé la mano, le acaricié la espalda, la barriguita, las piernas, la cabeza. Le hice shu-shu, le canté un poco, le hablé y lo tranquilicé. No sé cuántas veces. Él cerraba los ojitos, dejaba caer la cabeza, a veces incluso se le caía el chupón cuando se le relajaba la boca. Cuando parecía estar dormido, me levantaba y entonces él abría los ojos y retomaba el llanto donde lo había dejado. 
      Luego de un rato así, mi cerebro estaba por desconectarse de mi cuerpo. Así que lo levanté y me lo llevé a mi cama. No sé cuánto tardó en dormir. Sé que yo hube de despertarme un rato después porque el cuello me dolía como una brasa ardiente. Ve a saber en qué posición incómoda me había ganado el sueño. Cuando estaba de nuevo por caer dormida, N se movió. Se giró hacia un lado. Hacia el otro. Abrió los ojos. Y lanzó un grito. Lo tomé en brazos, le di la belladona y el levisticum y la chamomilla prescritos por el pediatra homeópata. Le puse el Dentinale en la encía. Y luego de un rato de mimos, volvió a quedarse dormido. Miré el reloj sólo por no dejar. Eran apenas las dos de la mañana. A las tres y media se volvió a repetir la escena. Y luego una hora después. 
      M dormía en el sofá en el cuarto de N y al oír el llanto desenfrenado vino a quitármelo de los brazos y a mandarme a dormir al menos un par de horas. Fueron dos horas y media, de hecho. Y estoy segura que sin ellas no hubiera sido capaz de sostenerme en pie hoy. 
      Pero es eso a lo máximo que puedo aspirar en estos días. A lograr estar en pie. Siento que mi mente ya no es capaz de producir idea alguna. La falta de sueño se ha convertido ya en dolor físico. 
     ¿Y qué haces aquí, escribiendo que debes dormir, en lugar de irte a la cama ahora mismo? podría pensar cualquiera de ustedes y yo estaría totalmente de su lado. En realidad no estoy escribiendo. Estoy paseando a N por el parque. Y mientras él hace su siesta de treinta minutos, yo le voy dictando esto al grabador de mi teléfono celular. Si ustedes están leyendo ahora, es que este día ha pasado. Que he tenido el tiempo y la energía y el espacio mental para volcarlo en letras. Que sobreviví. Eso. Sobreviví. Y que suelten las fanfarrias.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Una de esas cosas que pueden entender sólo los padres con hijos insomnes

Hoy, como todas las mañanas, llevé a N a dar un paseo por el parque. Sorprendentemente, se quedó dormido casi en seguida, incluso antes de llegar. Di las vueltas usuales por el camino habitual. Y de repente me di cuenta que seguía dormido. Revisé el reloj. Habían pasado 40 minutos desde que había cerrado los ojos. Lo cual es una especie de record porque el tiempo estándar que duran sus siestas, como ya lo he dicho, va de los 30 a los 35 minutos. Así que muy complacida con tan feliz suceso, me dije: bueno, a partir de ahora, cada minuto ganado será un pepita de oro. Y seguí empujando el cochecito. 
       Cosa de segundo después, llegué a un punto en que el camino se bifurca. Hacia la izquierda sube y lleva hasta el museo de la Sociedad Promotora de las Bellas Artes. Hacia la derecha sigue la corriente del río Po. Iba a seguir por ese lado, que es el que más me gusta. Pero desde una distancia prudencial, vi a un grupo de niños de preescolar, es decir chiquitos y ruidosos, en plena excursión al aire libre. Entonces me dije: para que no me despierten a mi hijo, tomaré el camino hacia arriba. 
       Los primeros tres minutos fue todo bien. El cochecito seguía andando. Circunstancia imprescindible para que él siga durmiendo. Cuando de repente me encontré con que frente al museo (donde durante dos años hubo una exposición de dinosaurios y que ahora, justo ahora, alberga una exposición de Degas) había un numeroso grupo de estudiantes despatarrados a lo largo y ancho de las escaleras de la entrada. Y que, adolescentes e italianos como eran, se comunicaban a los gritos. Así que me di la media vuelta y empujé el carrito camino abajo. Un minuto después me encontré con que justo en el punto de la bifurcación, los preescolares acababan de acampar para tomar el refrigerio. 
      Así como así, de pronto había caído en una trampa. Los preescolares despertarían a mi hijo con sus gritos, los adolescentes ídem. Así que hice lo único que podía hacer. Durante eternos minutos empujé el cochecito dentro de la zona silenciosa, que abarcaba un tramo de diez o quince metros. Camino arriba, camino abajo, camino arriba, camino abajo. Y hubiera seguido ahí, atrapada en aquella especie de rueda de hámster, muchos minutos más, incluso una hora, si mi hijo continuaba durmiendo. Pero entonces pasó una de esas cosas, o más bien dicho, uno de esos turistas que visitan el parque y traen un mapa en la mano ve a saber porqué si nunca saben dónde están, y me preguntó: Scusi! Il borgo medievale? Así, a los gritos, porque entre italianos estamos. Y me despertó a mi hijo.
Cabe aclarar que el Borgo Medievale lo hubiera descubierto solo si daba treinta pasos más. Y que N durmió casi cincuenta minutos, pero estoy segura que sin aquel grito hubiera dormido más. Quizás incluso mucho más.
Así que este post es para usted, querido turista. Para pedirle que la próxima vez que no entienda su mapa, que no quiera mirarlo, que esté perdido o que simplemente quiera cerciorarse de que está yendo en la dirección correcta, mire bien a su alrededor. Si la persona más cercana a usted es una madre con un cochecito en el que un bebé duerme, pase de largo. Cruce a la otra acera. No se le ocurra acercarse. Y lance su pregunta contra el próximo ser viviente que se le cruce. Le aseguro que hay más, muchos más. Que la madre se lo agradecerá. Y que evitará usted que le desee una lenta muerte por desangramiento de cólon, alguien que ni siquiera conoce.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Sábado por la noche

La ciudad en la que vivo nunca me ha gustado. Lo he dicho, escrito y sobre todo pensado cantidad de veces. El barrio en que vivo, sin embargo, sí que me gustaba. Cuentan que en algún momento estuvo poblado por dealers, drogadictos y sobre todo (¡ay!) extra comunitarios inmigrados. Pero eso fue hace años. Cuando M y yo llegamos acá, ya era uno de esos lugares que cuando yo era joven, se catalogaban como alternativos. Creo que se sigue usando la palabreja. Pues bien, San Salvario, que así se llama este barrio, era de esos. Un lugar donde abundaban lugarcitos bohème donde  ir a tomar el aperitivo, comprar chucherías, ver una exposición de fotos, comer comida étnica o simplemente tomar un café. Cuatro años después, la cosa ha cambiado. Y de bohème, el barrio se ha vuelto más bien trendy. O lo que es lo mismo, pasó del casi underground al mainstream total. Hoy, todo lo que pasa en Turín y es digno de existir, pasa en San Salvario. No sé cómo ni cuándo exactamente se dio el cambio (¿la evolución?) Pero en los últimos dos años (sobre todo en este último) han cerrado y abierto y vuelto a cerrar y vuelto a abrir cantidad de pizzerias; tiendas de comida biológica, de productos eco-friendly; galerías y micro galerías de todo tipo de artes; estudios de arquitectura, de diseño; ateliers de diseño de ropa, de muebles vintage, de lujos varios. Pero sobre todo de bares. Que se han convertido en el centro neurálgico de la Movida turinesa. Así, con mayúscula como suelen escribirlo ellos. 
       Esa es una cosa que incluso me gustaba. Ya lo dije. Sí, me gustaba. Aclaro que yo en esta ciudad nunca fui frecuentadora de bares ni cultivé nunca la costumbre de hacer el aperitivo cada fin de semana. Fundamentalmente porque M y yo somos más bien ratones de casa. Pero nos gustaba la idea de que si por una combinación inusual de circunstancias, nos aventurábamos a cenar fuera o a tomar algo, sólo debíamos arrastrar nuestro esqueleto unos pasos o unas cuadras lejos de casa.
       Ahora este barrio me gusta poco. Una de esas tantas cosas que cambian con la maternidad. Siendo un barrio trendy-joven-alternativo, es el barrio menos adapto para una familia. Sí, se lo juro. Ya es difícil pasear a un bebé a eso de las dieciocho treinta de cualquier día de la semana por las calles de un barrio atestado de luces neón, músicas estridentes, gente que fuma, gente que bebe, gente que fuma y bebe. Pero lo peor es eso de que en algún momento de la semana, es viernes. O peor: en algún momento es viernes por la noche. O peor: poco después es sábado por la noche. Y entonces resulta que entre las diez de la noche y las cinco de la mañana, debajo del balcón de nuestra habitación marital, pasa un interminable desfile de gente eufórica camino a emborracharse, de gente alegre y borracha, de gente enojada y borracha y de gente borracha nomás. Así, en ese orden cronológico. Gente que grita (o habla, que en italiano, según mi experiencia, son sinónimos), que canta, que se pelea con alguien por el celular, que trae la radio del auto encendida a un volúmen indecente.
       Y las veces en que N, nuestro bebé de 9 meses, decide hacer a un lado su insomnio y dormir unas cuantas horas de tirón, el ruido debajo de nuestro balcón nos despierta cada dos por tres. Al grado de tener que abrir la persiana, la ventana y asomar el cuerpo entero para pedir: ¡ey, bájenle a su fiesta que hay gente que intenta dormir! Esa última parte la hace siempre M, claro. Para pedir ese tipo de cosas es mejor ser grande y peludo y usar un tono gravísimo de voz.
       Hoy es sábado por la noche de nuevo. Y son las diez apenas pasadas. Allá abajo en la calle se empiezan a escuchar las primeras conversaciones, los primeros pasos apresurados y de tacones altos, las primeras motocicletas buscando dónde estacionar. Espero sólo que con el paso del tiempo, el sentido del oído se me vaya insensibilizando a este tipo de ruidos. Si no, siempre queda la opción que se le ocurrió a M uno de esos sábados en que nos despertó una orda de adolescentes cantando a todo pulmón el feliz cumpleaños: globos llenos de agua que se escapan de nuestro balcón.

sábado, 27 de octubre de 2012

El mito del colecho

Dicen que es la forma más antigua y natural de dormir para una madre y un bebé. Que previene el síndrome de muerte súbita del lactante, porque el bebé sincroniza su respiración con la de la madre, y así no se le olvida respirar, cosa que parece puede sucederles a los recién nacidos. Que fortalece el vínculo afectivo madre-bebé. Que la madre puede dormir mucho mejor por la tranquilidad que le da tener a su bebé cerca. Que por lo mismo, el bebé duerme más y más tranquilo. Y sobre todo y lo más importante, que favorece la lactancia. Especialmente los primeros meses, en los que los bebés comen cada dos horas o incluso cada hora. La madre pone las dos tetas a su disposición y cuando el bebé tiene hambre no debe más que acercarse, pegar la boquita y beber hasta caer dormido de tan satisfecho. La madre, mientras tanto, puede ser que ni siquiera despierte del todo, que pase el tiempo de la toma en una fase de sueño ligero, para luego volver a quedarse dormida plácida y profundamente.
      Eso es lo que dicen. 
      ¿Quién? Pues todos los que lo dicen. Al menos los que yo he leído que lo dicen. La literatura, los artículos y los testimonios a favor de la crianza natural, crianza con apego, o en fin, esta filosofía de procurar tener al bebé cerca del cuerpo de la madre el mayor tiempo posible.
      Pues bueno. A nosotros no nos funcionó. Ni un poco. Cero. Nada de nada. 
      Y miren que lo he intentado desde que N tenía unos días de nacido, hasta apenas la semana pasada, en que estuvo enfermo y con fiebres altas tres días. El resultado ha sido siempre más cercano al desastre que al idílico reposo (con fortalecimiento de vínculo afectivo incluído). Más de ocho meses de intentos varios. Intentos que no obedecen a la intención de abrazar la filosofía de la crianza natural (que comparto con mucha moderación), sino cuando N ha estado enfermo, o muy llorón, o algunas noches en que he estado tan cansada que me mareba apenas levantarme de la cama. 
      Pues cada vez que he metido a mi hijo en mi cama, se altera. Se despierta al menos cada hora. Para tocarme, para darse la vuelta, para buscar su chupón (que espera que YO le meta en la boca, después de todo, estoy ahí), para jugar y sobre todo para tomar leche. Come el doble de veces que cuando duerme en su cuna. Y en ese tema es donde la cosa es muchísimo menos idílica, porque las literaturas y los testimonios juran que para la madre, ofrecer la teta a su hijo recostada es de lo más cómodo. 
      Yo imagino que esas literaturas supondrán que a las madres que están amamantando, les crecen unas tetas de al menos veinte centímetros de diámetro. Y supongo que las madres que testimonian las bondades de amamantar así, son efectivamente de esas, porque si no, no entiendo cómo pueden calificar aquello de cómodo. Yo cuento con dos modestas tetas que aún llenas de leche hasta el tope, no alcanzan siquiera la copa C. Imagínense nada más. Y para ofrecer uno de mis pezones a mi hijo, debo curvar la espalda, esconder un codo, bajar un hombro y tensar el cuello, como mínimo. Para mí es la manera más incómoda que existe de amamantar. Incómoda, peligrosa y carísima, porque invariablemente luego de un par de noches de colecho, tengo que correr a hacer varias sesiones de fisioterapia. Y de dormir, bueno. Que al final N duerme poquísimo y ese poco lo hace agitadísimo. Yo duermo casi nada. Y al día siguiente él se despierta cansado y de mal humor y yo, ni qué decir.
      Así que aunque el colecho tenga tantos hinchas en estos tiempos, lo poco que N duerme, lo hace en su cuna. Y lo poco que duermo yo, lo hago en mi cama. Y nuestro vínculo lo fortalecemos en la vigilia.


martes, 23 de octubre de 2012

N a grandes rasgos

N es nuestro primer hijo. Nació el 3 de febrero de este 2012, por lo que al día de hoy tiene ocho meses, entrando a nueve, como hubiera dicho mi abuela. Mide setenta y un  centímetros y pesa ocho kilos y ochocientos gramos. Sí, mide y pesa lo que un bebé de doce meses. Tiene poquísimo pelo y hoyuelos en las mejillas cuando sonríe. 
      Fue alimentado exclusivamente con leche materna los primeros 5 meses de su vida. Todavía sigue siendo lactante, pero los alimentos sólidos ya tienen el peso mayor en su dieta. Le han salido los primeros dos dientes. Los de regla, los dos incisivos centrales inferiores. Que utiliza para realizar su actividad favorita: mordisquear galletas. Todo lo malo que salió para dormir, lo tiene de bueno para comer. 
      Y aquí abro un paréntesis para explicar un poco eso de que salió malo para dormir. 
      Duerme poco de noche y poquísimo de día. Lo de la noche comenzó a los cuatro meses, cuando le pusieron la segunda ronda de vacunas. Le vino la fiebre por primera vez en su vida y a partir de ahí, empezó a dormir fatal. Ve a saber si fue pura coincidencia. Pero de dormir profundamente, despertándose cada tres horas para comer; pasó a dormir agitado, despertándose cantidad de veces para reclamar el chupete (que todavía no aprendía a ponerse solo), para pedir teta y otras tantas para llorar. Esas fueron las peores. Se ponía a llorar a los gritos. Entonces su padre o yo lo tomábamos en brazos, le metíamos el chupete a la boca, le cantábamos, le recitábamos, le hacíamos shu-shu-shu, lo paseábamos por toda la casa, le poníamos la secadora de pelo. A veces se calmaba a los cinco o diez minutos. A veces tardaba media hora o más. 
      Lo del día, según mi memoria, ha sido así siempre. N trae escondido, en algún lugar inaccesible, un cronómetro. Que le dicta que a los treinta y dos minutos exactos de haberse quedado dormido, ha de despertar. No importa dónde o cómo se duerma. Treinta y dos minutos después, abre los ojos. 
      Y sí. Lo de la dormida ha sido siempre su punto débil.
      Cierro paréntesis.
      Decía que N come que da gusto. Sólo con treinta y nueve de fiebre ha rechazado una papilla. Una nada más.  De hecho, cuando ve su plato o el tarrito de la fruta rallada, da grititos de excitación. Otra cosa que le encanta es chapotear en la bañera. Y está comenzando a desarrollar un particular gusto por los libros, que me tiene encantada. 
      En pocas palabras, es insomne, simpático, guapísimo y maravilloso. Y no lo digo porque sea su madre. Bueno, lo digo exactamente por eso. Y porque es cierto.

viernes, 19 de octubre de 2012

A manera de inicio, desahogo y confesión...

Seguro no soy la única a la que le ha pasado. Pero unos días después de descubrir que estaba embarazada, descubrí también que mis conocimientos sobre el embarazo y la maternidad eran limitadísimos. Así que me di a la tarea de solucionar aquello. Empecé por ver documentales. Luego me inscribí a páginas de Internet que me mandaban información semanal de cómo iba creciendo el embrión, el feto, y finalmente el bebé dentro de mi útero. Me inscribí también a un curso pre-parto. Y sobre todo, compré libros. Porque para mí, la manera más placentera de conocer cosas nuevas ha sido siempre tener las narices metidas entre las páginas de un libro. Me proveí (o me proveyeron, a decir verdad, porque la mayoría fueron regalos) con un par sobre el embarazo, sobre la lactancia, sobre la maternidad. Pero sobre todo manuales. Manuales de cómo tratar al recién nacido, de cómo sobrevivir a los primeros tres meses, de cómo tener un bebé eco-sostenible, de cómo vivir con un bebé sin arruinarse la economía, de cómo criar bebés tranquilos, sensibles, felices, respetuosos, obedientes, inteligentes.
      Me llené la cabeza con toda la información que soporté. Porque hay que ser honestos, la mayoría de los libros para neo-madres están escritos con la pata izquierda de un orangután rengo.
      Y llegó el gran día. Sobre todo, la gran noche. Mi bebé apenas nacido era perfecto. A no ser por un detalle: dormía considerablemente menos de lo que hacían los otros bebés. Que no eran pocos, porque nació en el hospital materno más grande de toda la región del Piamonte. Las horas que los otros bebés pasaban durmiendo en una especie de acuario con ruedas préstamo del hospital, el mío las usaba para llorar. Sobre todo por la noche. Entonces pensé que quizás era cosa de aquel lugar. Después de todo, ¿qué reacción puede uno esperar de alguien a quien han apenas arrancado de una tranquila, oscura y tibia vida intrauterina, para arrojarlo de golpe a un ruidoso hospital atascado de luces fluorescentes, en pleno invierno? ¿Alegría, sonrisas y un muchas gracias? Apenas estemos en casa, me dije, las cosas serán diferentes.
      Pero no. Pasaron algunos días. Es cosa de que se adapte a este mundo, pensé. Pasaron varias semanas. Está muy chiquito, todavía no tiene idea de que debe desarrollar tal cosa como un ciclo circadiano, me decía. Luego pasaron varios meses. Y entonces todos mis libros y manuales de referencia se revelaron inútiles. Todos hablaban del sueño de recién nacido, pero ninguno sugería al menos la posibilidad de que existieran bebés que no durmieran como actividad principal de sus vidas. Parecía que para un bebé dormir era como respirar: no era necesario hacer nada para ayudarlo, él lo haría naturalmente.
      Entonces, y frente a este vacío de información, vino la segunda parte del proceso llenarme-la-cabeza-con-todos-los-datos-útiles-e-inútiles-posibles. Me procuré (a veces con bastante dificultad) todos los best-sellers que encontré sobre el sueño del bebé. Me inscribí a un par de páginas de Internet. Y comencé a pasar mis días leyendo libros, foros virtuales y blogs. De hombres especialistas que orientan a  las madres. De mujeres especialistas que son también madres y de otras que no lo son. De madres que orientan a otras madres sin ser especialistas. De madres de familias numerosas. De madres primerizas. De madres periodistas y de madres casi iletradas.
      Todas lecturas que me llevaron a una indigestión de teorías y consejos, a imaginar cantidad de razones por las que mi bebé no dormía las horas “normales”. Pero nunca a solucionar el problema. Porque sí, que un bebé duerma poco ES un problema.
      Después de tanto leer, pensé que ya era hora de escribir. Porque yo también quiero contar la mía. Y porque de paso, quizás y hasta alcanzo a ayudar a alguien que también tenga un bebé insomne. Porque el mío no es el único. ¿O sí?