jueves, 6 de diciembre de 2012

Cuadro clínico

N está enfermo. Según el diagnóstico de la pediatra del servicio sanitario, tiene otitis y laringitis. Hace días que está resfriado. Y con fiebre. Y los cuatro incisivos superiores decidieron romperle la encía y bajar a saludar todos al mismo tiempo. 
      Un cuadro así es difícil de soportar para cualquier bebé. Imagínense para uno insomne. Hace días que en esta casa no se duerme. Y yo siento innumerables tornillos gigantes clavárseme detrás de los ojos, en las sienes, en el cuello, a lo largo de toda la columna vertebral. 
      Dormir. Dormir. Dormir. ¿Cómo sería mi vida si durmiera? ¿Qué clase de madre sería si lograra dormir siete horas una de cada tres noches? 
      La noche anterior, N saltó la toma de leche materna que acostumbra hacer al final del día y se quedó dormido mientras su papá le cantaba la canción de antes de ir a la cama. Lo metimos en su saco de dormir que ni se enteró. Estaba frito. Salimos de su cuarto sabiendo que eventualmente despertaría, que lanzaría un grito y se largaría a llorar. Lo que no sabíamos era cuándo. Fue poco antes de la media noche. 
      Yo había apoyado la cabeza sobre la almohada quince minutos antes, y estaba en el proceso de quedarme dormida. Me levanté de un salto y corrí a su cuarto. O quizás me levanté con pesadez y arrastré mi cuerpo laxo hasta su cuarto. No sabría precisar. Decidí darle la toma. Porque no la había hecho y porque así era posible que volviera a dormirse con tranquilidad. Pero no. Mientras tomaba la teta, se removía en mis brazos como si buscara liberarse. Entonces el pezón escapaba de su boca y empezaba a llorar. Cuando no me quedaba una gota de leche más, intenté tranquilizarlo acunándolo y haciéndole shu-shu. Era una cosa que funcionaba antes. Hace algunos meses. Volvió a dar resultado, solo que apenas ponerlo sobre su cama, despertó y empezó a llorar. Me senté a su lado, le tomé la mano, le acaricié la espalda, la barriguita, las piernas, la cabeza. Le hice shu-shu, le canté un poco, le hablé y lo tranquilicé. No sé cuántas veces. Él cerraba los ojitos, dejaba caer la cabeza, a veces incluso se le caía el chupón cuando se le relajaba la boca. Cuando parecía estar dormido, me levantaba y entonces él abría los ojos y retomaba el llanto donde lo había dejado. 
      Luego de un rato así, mi cerebro estaba por desconectarse de mi cuerpo. Así que lo levanté y me lo llevé a mi cama. No sé cuánto tardó en dormir. Sé que yo hube de despertarme un rato después porque el cuello me dolía como una brasa ardiente. Ve a saber en qué posición incómoda me había ganado el sueño. Cuando estaba de nuevo por caer dormida, N se movió. Se giró hacia un lado. Hacia el otro. Abrió los ojos. Y lanzó un grito. Lo tomé en brazos, le di la belladona y el levisticum y la chamomilla prescritos por el pediatra homeópata. Le puse el Dentinale en la encía. Y luego de un rato de mimos, volvió a quedarse dormido. Miré el reloj sólo por no dejar. Eran apenas las dos de la mañana. A las tres y media se volvió a repetir la escena. Y luego una hora después. 
      M dormía en el sofá en el cuarto de N y al oír el llanto desenfrenado vino a quitármelo de los brazos y a mandarme a dormir al menos un par de horas. Fueron dos horas y media, de hecho. Y estoy segura que sin ellas no hubiera sido capaz de sostenerme en pie hoy. 
      Pero es eso a lo máximo que puedo aspirar en estos días. A lograr estar en pie. Siento que mi mente ya no es capaz de producir idea alguna. La falta de sueño se ha convertido ya en dolor físico. 
     ¿Y qué haces aquí, escribiendo que debes dormir, en lugar de irte a la cama ahora mismo? podría pensar cualquiera de ustedes y yo estaría totalmente de su lado. En realidad no estoy escribiendo. Estoy paseando a N por el parque. Y mientras él hace su siesta de treinta minutos, yo le voy dictando esto al grabador de mi teléfono celular. Si ustedes están leyendo ahora, es que este día ha pasado. Que he tenido el tiempo y la energía y el espacio mental para volcarlo en letras. Que sobreviví. Eso. Sobreviví. Y que suelten las fanfarrias.

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