martes, 2 de septiembre de 2014

La primera canción de N

Estábamos ahí, como todas las mañanas, desayunando. Con la diferencia de que esta mañana no había ni pan, ni mermelada y sustituíamos un desayuno en forma, por galletas Marías untadas con miel. 
Hablábamos de gente que conocemos, de lugares que hemos visitado. Rememorábamos. Y de repente, N soltó:

– A mi me encanta la canzión de la pizina.
– ¿Sí? ¿Y cuál es la canción de la piscina?
– Ez ezta:
♫ Pizina, ¿lónde eztáaaaz?
A mi me gusta bailaaaar
y tamiéeeeeeen
looooo otro. 
♬ Y una manzanaaa
en el árbol
y máz tarde noz vemoz en la compuuuu ♪  

Seguro se me fue alguna línea, alguna palabra, aunque me paré corriendo a buscar el cuaderno para anotarla. Pero aquí lo textual no es lo más importante. N compuso su primera canción en forma. Son bienvenidos los aplausos. 

miércoles, 25 de junio de 2014

El primer cuento de N

Por alguna razón que los detractores de Al Gore sabrán perfectamente explicar; anoche en Milán se soltó tremendo aguacero. Una cosa a lo caribeño. Y esta mañana al despertar, la cosa seguía ahí. Toneladas de agua cayendo. Relámpagos, truenos. Una humedad para regalársela al primero que pasara.
En ese ánimo nos sentamos a desayunar, hablando sólo de la tormenta y de cómo era posible que el tiempo hubiera cambiado así, de un minuto al otro. 
Luego de un rato, N hizo un puchero compasivo y dijo: La pioggia eztá tizte. Y se soltó a contarnos su primer cuento. Imaginado todo por él.
"La pioggia eztá tizte... polque... zu mamá ze fue... al supelmelcado... con sus hijitoz piiiiccolos piiiicolos piiiicolos... y.... y la dejó da sola... a la pioggia... que eztá tiiiizte".
Y sobra decir, pero lo digo igual, que la lluvia dejó de importarnos un comino. 

Notas:
Pioggia significa: lluvia. Y los tres puntos significan: pausa reflexiva para continuar con la narración.


viernes, 20 de junio de 2014

N tiene una casa


N en una de las muchas casas que hemos habitado en estas semanas.
Foto: Thania Z

En su casa tiene una tostadora, una resbaladilla, una cafetera y mucho café. Hay un gallo, muchos pajaritos y muchos gatos. Perros no. Perros no hay ni uno. Caballos sí. Muchos caballos negros.
Hay una sandía, que a veces es una anguria. Y un cuchillo. 
En su casa hay una cascina piccola. Y hay muchos colores. Hay taralli, cerezas, fresas y mucho parmesano. Hay leche para beber, agua pizzichina y agua mineral. Poca, de esta última. 
Tiene hipopótamos, cebras y una lavaplatos. También tiene una macchina, como la de papá. Blu.
Hay carne y helado de chocolate. También hay una nonna Carla, como la nonna de su papá. 
Hay vino. Ni tinto, ni bianco: verde. Y muchas mermeladas: de piña, ciliegia, biscotto. También tiene smoothies. Y baños. 

Su casa está muy lejos. A veces arriba del techo, a veces en la luna. A veces, también, nos dice a papá, a los abuelos italianos y a mí; que no podemos entrar a su casa. Pero luego se la piensa mejor y nos dice con una sonrisa que sí, que podemos visitarlo.

Eso es lo que dice en estos días.



miércoles, 11 de junio de 2014

Diálogo vespertino (mientras comemos sólo él y yo)

- Había un animale azí, muy estlano.
- ¿Muy extraño?
- Sí. Eztlanísimo.
- Y ¿cómo se llamaba ese animal extrañísimo?
- Catupaquini.
- Y ¿dónde vivía ese animal?
- Caza le Zele.
- ¡¿En casa de Sele?! ¿Y era un animal peligroso?
- No.
- Ah, menos mal. Pero ¿cómo se llamaba? Que ya me olvidé.
- Abada.
- ¿No se llamaba  catu-algo?
- No. Emi.
- ¿Ahora se llama Emi?
- Zi.
- ¿Entonces lo rarísimo de ese animal es que cambia de nombre cada dos minutos?
- Zi. Zi, mamá.

Y esta debe ser una de las mejores conversaciones que N y yo hemos sostenido hasta ahora.

sábado, 7 de junio de 2014

De suciedades y milanesas

Es increíble el miedo que tienen las madres y las abuelas milanesas de que los niños se ensucien. Los llevan al parque. Apenas tocan la tierra con las manos y les pegan el grito: ¡no, no, que está sucio! Y los llevan ipso facto al lugar especialmente diseñado para que los nenes jueguen. Un lugar cercado y con un piso que es una especie de asfalto engomado. Un invento maravilloso (el del piso, no el de la cerca, al menos en este caso), ya que visto que es inevitable que los niños vayan a dar con la cabeza por los suelos varias veces por semana, ese piso impide las contusiones craneales que tanto tememos las madres. Al menos es la idea que dan.
La cosa es que los llevan allí, donde están los juegos. Y los juegos y ese piso engomado es lo que estos niños pueden tocar. De ese modo salen del lugar en el que juegan, tal como entraron. O eso parece. Porque las mamás, según me han contado algunas, los limpian apenas vuelven a casa. Las manos, los pies, los codos, la cara. Les cambian la ropa.
Hoy fuimos al parque y N llevó su camión excavador. Estuvo cargando y descargando tierra y piedritas un rato, hasta que descubrió un charco de lodo. Cuando mi boca se abrió para gritar ¡noooo!, él ya había pasado corriendo y venía de vuelta. Se paró de golpe al oír tan familiar palabra salir de mi garganta y me pregunto ¿ahí no? Sí, hijo, ahí sí; me corregí. Y él volvió corriendo al charco y salto una y otra vez. Y me gritaba: ¡mamá, mila!, entre carcajadas de gozo. Y se embarró los zapatos, los calcetines, el pantalón, la chaqueta. Era lodo. Tierra y agua de la que se supone, estamos todos hechos ¿o no? Pues pareció que no, porque las abuelas y las nanas (eran las once de la mañana, hora en que las madres milanesas trabajan) lo miraron con esa mirada de escandalosa discreción -si se me permite el oxímoron- tan típica de estos lares. Luego me miraron a mí, madre fuera de sus cabales que aplaudía aquel espectáculo de mi hijo de dos años y le hacía doscientas fotos con el celular, como corresponde.

Los niños también miraban. En sus caras se veía un gesto de extrañeza, de perplejidad. No sé si de anhelo. Me gustaría creer que sí. Que los niños y la tierra se atraen como los imanes. Y que sus madres, nanas y abuelas no les han contagiado el miedo a la suciedad. Que todavía no. 


sábado, 31 de mayo de 2014

Diálogo vespertino

Busco abrazar a N y escapa corriendo de mis brazos para tirarse en el piso, panza abajo.

-         Mamá, léjame. Zoy cansalo.
-         ¿Estás cansado? ¿Y de qué estás cansado?
-         De molil.

Advertencia:
Estimados jodorowskianos y especies anexas: abstenerse de sacar sus iluminadas conclusiones, en especial si se parecen a que mi hijo sea un alma vieja cansada de tantas reencarnaciones. O mejor, abstenerse de compartírmelas. Soy una madre insomne y agnóstica, en espera de que lo primero cambie antes de la próxima primavera, y de que lo segundo permanezca al menos unos veinte años más. Gracias.


sábado, 10 de mayo de 2014

Credo materno (de esta madre insomne y a propósito de la fecha)


  • Estoy en contra de que las madres tomen alcohol, fumen y se metan drogas suaves o duras durante el embarazo y la lactancia. 
  • Estoy en contra de que la lactancia se prolongue hasta los tres años o más. 
  • Me parece muy lindo que a veces los nenes duerman en la cama de los papás, pero estoy en contra de que por decisión deliberada de los padres, los niños no tengan ni cama, ni habitación y duerman en la cama de los padres hasta que ellos mismos decidan que ya quieren dormir solos. Ergo, estoy en contra del colecho "hasta que la voluntad del hijo nos separe"
  • No creo que se les aplaste la cabeza, ni el alma, ni el karma, ni el aura, ni el amor; si viajan en carreola en lugar de atados a la espalda o al pecho de sus madres.
  • No creo que sea un acto de amor romperse la espalda "porteando" a un niño de dos años.
  • Me parece que raya en lo ridículo pensar que hay que tener al bebé (o niño de tres años) pegado al pezón todo el día, y que darle un chupón es "sustituir un acto natural de amor materno" por un pedazo de caucho". 
  • Considero al chupón uno de los mejores inventos de la historia.
  • Considero también, que los bebés y los niños son individuos, no extensiones (y mucho menos muñones) de nosotras sus madres.
  • Estoy en contra de que los padres fumen mientras conviven con sus hijos. 
  • No estoy a favor de esa idea muy de moda de que las madres seamos "diosas". Es cierto que los dioses (en especial los griegos) también cometen estupideces. Pero todos sabemos que esas estupideces son parte de la mitología. Las estupideces que cometemos nosotras, son parte de la vida de todos los días.
  • Creo que el hecho de que nuestro cuerpo pueda engendrar vida, que un ser humano se forme en nuestro vientre, es un milagro de la naturaleza. Incluso el parto lo es. Pero una vez que nace, chau milagro. Lo que viene es un costal de responsabilidades para el resto de la vida. 
  • Creo que esas responsabilidades son ineludibles. Que es necesario formar, educar, jugar, respetar. Y que eludirlas es mudar el costal de huesos propio a la frontera entre los valemadristas y los hijos de puta. 
  • Y a manera de: amén (visto que soy agnóstica), diré: pues eso.
Madre insome. 10 de Mayo del 2014





jueves, 8 de mayo de 2014

Diálogo Matutino 3

- ¡Mamá! ¡Manoz!
-¿Otra vez? Si te las acabas de lavar hace diez minutos.
- Manoz zuzias alándanos.
- ¡Ah! Se te ensuciaron por comer arándanos.
- Zí.
- ¿Y en la escuelita también te lavas las manos tantas veces al día?
- ¡Zi, zí, zí!
- ¿Y qué te dicen las maestras? ¿No te dicen nada?
- Zí.
- ¿Qué te dicen?
- ¡Que zí!
Y un minuto después, mientras me cuestionaba si a los dos años se puede sufrir de una obsesión compulsiva por la limpieza, N encontró un arándano tirado en un peldaño y con sus manos pulcras, lo recogió del piso y se lo metió a la boca.

viernes, 2 de mayo de 2014

Diálogo matutino 2 (musical)

Intento #1
- ¡N! ¡Vamos a la escuelita!
 Ezcuelita ¿lónde eztáz? Me pegunto qué zeláz. En el zielo o en el mal... 

Intento #2
- ¡N! ¡Vamos a la escuelita! ¡Dale!
 Dale, dale, dale, no pieldaz el tino, polque zi lo pieldez, pieldez el camino... 
A veces, amanece así.

jueves, 3 de abril de 2014

Diálogo matutino


- ¿Me das mi teléfono por favor?
- ¡No, mamá! Esquibil amigo.
- ¿Le estás escribiendo a un amigo?
- Zí.
- ¿Y a qué amigo le estás escribiendo?
- Zanto Lomingo.
Y así he aprendido que a los dos años, uno se puede amistar con las iglesias.

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Iglesia de Santo Domingo.
Uno de los lugares en Oaxaca que más le gustan a N.