domingo, 20 de enero de 2013

Las siestas de N (y su cronómetro escondido)


Desde que nació, lo que equivale a decir: desde siempre, las siestas de N duran de 30 a 37 minutos. Ha llegado a cerrar el ojo por escasos quince minutos y lo ha hecho también por una hora. Pero han sido poquísimas veces. Lo normal es lo de los 30 a 37.
     Al inicio me parecía sólo que dormía poco, con respecto a ese “los recién nacidos pasan la mayor parte del día durmiendo” que había yo leído por todas partes. Luego me compré esta aplicación para el teléfono celular y fue entonces que me di cuenta de la exactitud de sus tiempos.
     Los primeros cuatro meses fueron una locura. N hacía una siesta cada hora, lo que equivale a  decir que yo dedicaba mis días a dormir a mi hijo. Apenas lo veía bostezar, lo tomaba en brazos, le ponía el chupón, encendía el ruido blanco y comenzaba a pasear con él mientras le cantaba “a la rorro, a la meme” decenas de veces. Al inicio me podía pasar 25 minutos con aquello. Luego cogí experiencia y llegó el momento en que en 10 minutos ya estaba frito. Entonces, esperaba otros 10 minutos a que estuviera profundamente dormido y sólo entonces, con mucho cuidado, lo dejaba en su hamaca o en el capazo de su cochecito. Si lo dejaba demasiado pronto, si lo acostaba en su cuna o si lo hacía sin un cuidado extremo, se despertaba inevitablemente. De ahí, me quedaban unos 20 minutos para hacer cosas como ir al baño o comer algo a las apuradas. Porque a los 30 o 37 minutos de haberse dormido, ya estaba despertando.
     En las mismas todas partes que ya cité, había leído que los bebés no descansan si no duermen siestas de al menos una hora. Así que empecé a atormentarme. ¿Por qué mi hijo dormía tan poco? ¿Qué cosa no funcionaba bien en él? ¿Qué cosa había hecho mal yo? Porque siendo honesta, cuando tienes un bebé insomne, no pasa semana (o día) en que no te atormentes pensando qué has hecho mal, en que no te sientas la peor madre del mundo. Sí, mucho más que aquellas que duermen al menos seis horas por noche.
     Así que de nuevo acudí a los libros y a la Red. A indigestarme de lecturas para buscar un remedio.
Una de las cosas recurrentes con que me topé en los testimonios de las madres, era que apenas haberle cambiado el lugar de las siestas a sus hijos, habían comenzado a dormir como unos benditos, por horas. Pues bueno, lo hice. Probé la mochila porta-bebé, nuestra cama, el fular, el sofá, con almohadas o sin ellas; lo puse a dormir en la cocina, en la sala, incluso en el baño. Pero no hubo cambio alguno. De 30 a 37 minutos. Y en seguida despertaba.
     Así que olvidé lo del lugar y me esforcé por intentar alargarle las siestas, otra cosa que había leído que era posible hacer. Una cosa complicadísima. Y que funcionó algunas veces. Tres, si no recuerdo mal. El resto, terminaba yo con una mal de espalda, de cuello, de riñones y en general de humor. Pero N no volvía a dormirse.
     No sé cuántos meses pasé probando cosas. Que nunca funcionaron. El cronómetro de N lo sigue despertando a los 30 o 37 minutos. Y a veces, solo a veces y cuando está muy cansado, lo deja dormir una hora o más.
     Lo que intento cambiar en estos días es algo más personal y complicado: abrazar la resignación y alimentar la esperanza pensando que un buen día, en el futuro lejano, ya no necesitará dormir la siesta. Y que después de todo, cuando está despierto, N es pura poesía babeante, balbuceante y en perpetuo movimiento. Una verdadera maravilla. Y voy tirando. No tan mal. Eso creo.


sábado, 12 de enero de 2013

La pocrescofobia de la gestante



O lo que es lo mismo: el miedo a engordar en el embarazo. Que no sé si sea una patología o no. Pero es una cosa de lo más común. Basta darse una vueltita por Pinterest para comprobarlo. Las mujeres embarazadas, pero sobre todo las que no lo están, tienen una especie de obsesión con eso de subir los menos kilos posibles en el proceso. Engordar en el embarazo, una cosa de lo más natural, de repente se convirtió en una fobia. Y para combatirla, hay cantidad de programas por todos lados. Pilates para embarazadas, yoga para embarazadas, karate, gimnasia, natación para embarazadas. Te prometen cosas como ayudarte a disminuir el dolor en el parto (¡ja!), aliviar los dolores lumbares típicos del último trimestre, favorecer la oxigenación y la circulación de la sangre. Pero todas sabemos que la intención a la hora de hacer una de estas actividades, es que el cuerpo se siga ejercitando y todos esos kilos que de a poco nos van deformando, sean los menos posibles.
     El colmo me lo crucé hace unos meses en el Valentino, el parque por el que N y yo paseamos todas las tardes: una mujer con una panza de al menos seis meses, corriendo a toda velocidad. Un señor se paró, la siguió con la vista e hizo un gesto que bien podía haber sido de respeto o de espanto.
     El mío fue de espanto, seguro. ¿No se supone que si el bebé va dando tumbos contra el piso pélvico, puede favorecer la dilatación e inducir el parto? Cuando estás en la semana 38 o 39, de hecho, los doctores te recomiendan caminar. Camine, camine, camine. Porque el peso del bebé favorece la dilatación y por lo tanto ayuda a acercarse al momento del parto.
     Pero imagino que muchas veces es más grande el miedo a quedarse perpetuamente gorda, que la prudencia. Yo también tuve ese miedo. Y me faltó prudencia. Cuando subí los primeros 7 u 8 kilos, al mismo tiempo que una inmensa emoción por sentir los primeros movimientos de mi hijo, me comenzó la idea de: ¿cómo me voy a deshacer de todos estos kilos? Luego subí más. Y más. Hasta llegar a 17. Que en una persona como yo, que mide un metro con escasos sesenta y dos centímetros, créanme, son muchos. 
Pero luego se fueron. Más rápido de lo que vinieron. En el parto y las primeras dos semanas del puerperio, perdí 10 kilos. Cinco más los fui perdiendo de a poco y sin hacer nada (es decir, comiendo como un cerdo) en los siguientes tres meses. Los otros 2 kilos los conservo como souvenir. Aunque no sé si son 2 o 1 y medio. La báscula no se ha decidido. La cosa es que ya no es importante. Eso de la fobia por engordar es una de las cosas que perduran en el embarazo, pero que en el momento en que te vuelves madre, desaparecen. O eso pensaba yo. Hasta que hace unos días me volví a cruzar con la misma mujer, en el mismo parque. Corría de nuevo a toda velocidad, pero ya no tenía panza, si no que empujaba un cochecito con un bebé dentro. Y a mí lo único que se me ocurrió fue eso que escribe Millás a veces. “En fin”, es lo que escribe.