viernes, 23 de noviembre de 2012

Una de esas cosas que pueden entender sólo los padres con hijos insomnes

Hoy, como todas las mañanas, llevé a N a dar un paseo por el parque. Sorprendentemente, se quedó dormido casi en seguida, incluso antes de llegar. Di las vueltas usuales por el camino habitual. Y de repente me di cuenta que seguía dormido. Revisé el reloj. Habían pasado 40 minutos desde que había cerrado los ojos. Lo cual es una especie de record porque el tiempo estándar que duran sus siestas, como ya lo he dicho, va de los 30 a los 35 minutos. Así que muy complacida con tan feliz suceso, me dije: bueno, a partir de ahora, cada minuto ganado será un pepita de oro. Y seguí empujando el cochecito. 
       Cosa de segundo después, llegué a un punto en que el camino se bifurca. Hacia la izquierda sube y lleva hasta el museo de la Sociedad Promotora de las Bellas Artes. Hacia la derecha sigue la corriente del río Po. Iba a seguir por ese lado, que es el que más me gusta. Pero desde una distancia prudencial, vi a un grupo de niños de preescolar, es decir chiquitos y ruidosos, en plena excursión al aire libre. Entonces me dije: para que no me despierten a mi hijo, tomaré el camino hacia arriba. 
       Los primeros tres minutos fue todo bien. El cochecito seguía andando. Circunstancia imprescindible para que él siga durmiendo. Cuando de repente me encontré con que frente al museo (donde durante dos años hubo una exposición de dinosaurios y que ahora, justo ahora, alberga una exposición de Degas) había un numeroso grupo de estudiantes despatarrados a lo largo y ancho de las escaleras de la entrada. Y que, adolescentes e italianos como eran, se comunicaban a los gritos. Así que me di la media vuelta y empujé el carrito camino abajo. Un minuto después me encontré con que justo en el punto de la bifurcación, los preescolares acababan de acampar para tomar el refrigerio. 
      Así como así, de pronto había caído en una trampa. Los preescolares despertarían a mi hijo con sus gritos, los adolescentes ídem. Así que hice lo único que podía hacer. Durante eternos minutos empujé el cochecito dentro de la zona silenciosa, que abarcaba un tramo de diez o quince metros. Camino arriba, camino abajo, camino arriba, camino abajo. Y hubiera seguido ahí, atrapada en aquella especie de rueda de hámster, muchos minutos más, incluso una hora, si mi hijo continuaba durmiendo. Pero entonces pasó una de esas cosas, o más bien dicho, uno de esos turistas que visitan el parque y traen un mapa en la mano ve a saber porqué si nunca saben dónde están, y me preguntó: Scusi! Il borgo medievale? Así, a los gritos, porque entre italianos estamos. Y me despertó a mi hijo.
Cabe aclarar que el Borgo Medievale lo hubiera descubierto solo si daba treinta pasos más. Y que N durmió casi cincuenta minutos, pero estoy segura que sin aquel grito hubiera dormido más. Quizás incluso mucho más.
Así que este post es para usted, querido turista. Para pedirle que la próxima vez que no entienda su mapa, que no quiera mirarlo, que esté perdido o que simplemente quiera cerciorarse de que está yendo en la dirección correcta, mire bien a su alrededor. Si la persona más cercana a usted es una madre con un cochecito en el que un bebé duerme, pase de largo. Cruce a la otra acera. No se le ocurra acercarse. Y lance su pregunta contra el próximo ser viviente que se le cruce. Le aseguro que hay más, muchos más. Que la madre se lo agradecerá. Y que evitará usted que le desee una lenta muerte por desangramiento de cólon, alguien que ni siquiera conoce.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Sábado por la noche

La ciudad en la que vivo nunca me ha gustado. Lo he dicho, escrito y sobre todo pensado cantidad de veces. El barrio en que vivo, sin embargo, sí que me gustaba. Cuentan que en algún momento estuvo poblado por dealers, drogadictos y sobre todo (¡ay!) extra comunitarios inmigrados. Pero eso fue hace años. Cuando M y yo llegamos acá, ya era uno de esos lugares que cuando yo era joven, se catalogaban como alternativos. Creo que se sigue usando la palabreja. Pues bien, San Salvario, que así se llama este barrio, era de esos. Un lugar donde abundaban lugarcitos bohème donde  ir a tomar el aperitivo, comprar chucherías, ver una exposición de fotos, comer comida étnica o simplemente tomar un café. Cuatro años después, la cosa ha cambiado. Y de bohème, el barrio se ha vuelto más bien trendy. O lo que es lo mismo, pasó del casi underground al mainstream total. Hoy, todo lo que pasa en Turín y es digno de existir, pasa en San Salvario. No sé cómo ni cuándo exactamente se dio el cambio (¿la evolución?) Pero en los últimos dos años (sobre todo en este último) han cerrado y abierto y vuelto a cerrar y vuelto a abrir cantidad de pizzerias; tiendas de comida biológica, de productos eco-friendly; galerías y micro galerías de todo tipo de artes; estudios de arquitectura, de diseño; ateliers de diseño de ropa, de muebles vintage, de lujos varios. Pero sobre todo de bares. Que se han convertido en el centro neurálgico de la Movida turinesa. Así, con mayúscula como suelen escribirlo ellos. 
       Esa es una cosa que incluso me gustaba. Ya lo dije. Sí, me gustaba. Aclaro que yo en esta ciudad nunca fui frecuentadora de bares ni cultivé nunca la costumbre de hacer el aperitivo cada fin de semana. Fundamentalmente porque M y yo somos más bien ratones de casa. Pero nos gustaba la idea de que si por una combinación inusual de circunstancias, nos aventurábamos a cenar fuera o a tomar algo, sólo debíamos arrastrar nuestro esqueleto unos pasos o unas cuadras lejos de casa.
       Ahora este barrio me gusta poco. Una de esas tantas cosas que cambian con la maternidad. Siendo un barrio trendy-joven-alternativo, es el barrio menos adapto para una familia. Sí, se lo juro. Ya es difícil pasear a un bebé a eso de las dieciocho treinta de cualquier día de la semana por las calles de un barrio atestado de luces neón, músicas estridentes, gente que fuma, gente que bebe, gente que fuma y bebe. Pero lo peor es eso de que en algún momento de la semana, es viernes. O peor: en algún momento es viernes por la noche. O peor: poco después es sábado por la noche. Y entonces resulta que entre las diez de la noche y las cinco de la mañana, debajo del balcón de nuestra habitación marital, pasa un interminable desfile de gente eufórica camino a emborracharse, de gente alegre y borracha, de gente enojada y borracha y de gente borracha nomás. Así, en ese orden cronológico. Gente que grita (o habla, que en italiano, según mi experiencia, son sinónimos), que canta, que se pelea con alguien por el celular, que trae la radio del auto encendida a un volúmen indecente.
       Y las veces en que N, nuestro bebé de 9 meses, decide hacer a un lado su insomnio y dormir unas cuantas horas de tirón, el ruido debajo de nuestro balcón nos despierta cada dos por tres. Al grado de tener que abrir la persiana, la ventana y asomar el cuerpo entero para pedir: ¡ey, bájenle a su fiesta que hay gente que intenta dormir! Esa última parte la hace siempre M, claro. Para pedir ese tipo de cosas es mejor ser grande y peludo y usar un tono gravísimo de voz.
       Hoy es sábado por la noche de nuevo. Y son las diez apenas pasadas. Allá abajo en la calle se empiezan a escuchar las primeras conversaciones, los primeros pasos apresurados y de tacones altos, las primeras motocicletas buscando dónde estacionar. Espero sólo que con el paso del tiempo, el sentido del oído se me vaya insensibilizando a este tipo de ruidos. Si no, siempre queda la opción que se le ocurrió a M uno de esos sábados en que nos despertó una orda de adolescentes cantando a todo pulmón el feliz cumpleaños: globos llenos de agua que se escapan de nuestro balcón.