sábado, 27 de octubre de 2012

El mito del colecho

Dicen que es la forma más antigua y natural de dormir para una madre y un bebé. Que previene el síndrome de muerte súbita del lactante, porque el bebé sincroniza su respiración con la de la madre, y así no se le olvida respirar, cosa que parece puede sucederles a los recién nacidos. Que fortalece el vínculo afectivo madre-bebé. Que la madre puede dormir mucho mejor por la tranquilidad que le da tener a su bebé cerca. Que por lo mismo, el bebé duerme más y más tranquilo. Y sobre todo y lo más importante, que favorece la lactancia. Especialmente los primeros meses, en los que los bebés comen cada dos horas o incluso cada hora. La madre pone las dos tetas a su disposición y cuando el bebé tiene hambre no debe más que acercarse, pegar la boquita y beber hasta caer dormido de tan satisfecho. La madre, mientras tanto, puede ser que ni siquiera despierte del todo, que pase el tiempo de la toma en una fase de sueño ligero, para luego volver a quedarse dormida plácida y profundamente.
      Eso es lo que dicen. 
      ¿Quién? Pues todos los que lo dicen. Al menos los que yo he leído que lo dicen. La literatura, los artículos y los testimonios a favor de la crianza natural, crianza con apego, o en fin, esta filosofía de procurar tener al bebé cerca del cuerpo de la madre el mayor tiempo posible.
      Pues bueno. A nosotros no nos funcionó. Ni un poco. Cero. Nada de nada. 
      Y miren que lo he intentado desde que N tenía unos días de nacido, hasta apenas la semana pasada, en que estuvo enfermo y con fiebres altas tres días. El resultado ha sido siempre más cercano al desastre que al idílico reposo (con fortalecimiento de vínculo afectivo incluído). Más de ocho meses de intentos varios. Intentos que no obedecen a la intención de abrazar la filosofía de la crianza natural (que comparto con mucha moderación), sino cuando N ha estado enfermo, o muy llorón, o algunas noches en que he estado tan cansada que me mareba apenas levantarme de la cama. 
      Pues cada vez que he metido a mi hijo en mi cama, se altera. Se despierta al menos cada hora. Para tocarme, para darse la vuelta, para buscar su chupón (que espera que YO le meta en la boca, después de todo, estoy ahí), para jugar y sobre todo para tomar leche. Come el doble de veces que cuando duerme en su cuna. Y en ese tema es donde la cosa es muchísimo menos idílica, porque las literaturas y los testimonios juran que para la madre, ofrecer la teta a su hijo recostada es de lo más cómodo. 
      Yo imagino que esas literaturas supondrán que a las madres que están amamantando, les crecen unas tetas de al menos veinte centímetros de diámetro. Y supongo que las madres que testimonian las bondades de amamantar así, son efectivamente de esas, porque si no, no entiendo cómo pueden calificar aquello de cómodo. Yo cuento con dos modestas tetas que aún llenas de leche hasta el tope, no alcanzan siquiera la copa C. Imagínense nada más. Y para ofrecer uno de mis pezones a mi hijo, debo curvar la espalda, esconder un codo, bajar un hombro y tensar el cuello, como mínimo. Para mí es la manera más incómoda que existe de amamantar. Incómoda, peligrosa y carísima, porque invariablemente luego de un par de noches de colecho, tengo que correr a hacer varias sesiones de fisioterapia. Y de dormir, bueno. Que al final N duerme poquísimo y ese poco lo hace agitadísimo. Yo duermo casi nada. Y al día siguiente él se despierta cansado y de mal humor y yo, ni qué decir.
      Así que aunque el colecho tenga tantos hinchas en estos tiempos, lo poco que N duerme, lo hace en su cuna. Y lo poco que duermo yo, lo hago en mi cama. Y nuestro vínculo lo fortalecemos en la vigilia.


martes, 23 de octubre de 2012

N a grandes rasgos

N es nuestro primer hijo. Nació el 3 de febrero de este 2012, por lo que al día de hoy tiene ocho meses, entrando a nueve, como hubiera dicho mi abuela. Mide setenta y un  centímetros y pesa ocho kilos y ochocientos gramos. Sí, mide y pesa lo que un bebé de doce meses. Tiene poquísimo pelo y hoyuelos en las mejillas cuando sonríe. 
      Fue alimentado exclusivamente con leche materna los primeros 5 meses de su vida. Todavía sigue siendo lactante, pero los alimentos sólidos ya tienen el peso mayor en su dieta. Le han salido los primeros dos dientes. Los de regla, los dos incisivos centrales inferiores. Que utiliza para realizar su actividad favorita: mordisquear galletas. Todo lo malo que salió para dormir, lo tiene de bueno para comer. 
      Y aquí abro un paréntesis para explicar un poco eso de que salió malo para dormir. 
      Duerme poco de noche y poquísimo de día. Lo de la noche comenzó a los cuatro meses, cuando le pusieron la segunda ronda de vacunas. Le vino la fiebre por primera vez en su vida y a partir de ahí, empezó a dormir fatal. Ve a saber si fue pura coincidencia. Pero de dormir profundamente, despertándose cada tres horas para comer; pasó a dormir agitado, despertándose cantidad de veces para reclamar el chupete (que todavía no aprendía a ponerse solo), para pedir teta y otras tantas para llorar. Esas fueron las peores. Se ponía a llorar a los gritos. Entonces su padre o yo lo tomábamos en brazos, le metíamos el chupete a la boca, le cantábamos, le recitábamos, le hacíamos shu-shu-shu, lo paseábamos por toda la casa, le poníamos la secadora de pelo. A veces se calmaba a los cinco o diez minutos. A veces tardaba media hora o más. 
      Lo del día, según mi memoria, ha sido así siempre. N trae escondido, en algún lugar inaccesible, un cronómetro. Que le dicta que a los treinta y dos minutos exactos de haberse quedado dormido, ha de despertar. No importa dónde o cómo se duerma. Treinta y dos minutos después, abre los ojos. 
      Y sí. Lo de la dormida ha sido siempre su punto débil.
      Cierro paréntesis.
      Decía que N come que da gusto. Sólo con treinta y nueve de fiebre ha rechazado una papilla. Una nada más.  De hecho, cuando ve su plato o el tarrito de la fruta rallada, da grititos de excitación. Otra cosa que le encanta es chapotear en la bañera. Y está comenzando a desarrollar un particular gusto por los libros, que me tiene encantada. 
      En pocas palabras, es insomne, simpático, guapísimo y maravilloso. Y no lo digo porque sea su madre. Bueno, lo digo exactamente por eso. Y porque es cierto.

viernes, 19 de octubre de 2012

A manera de inicio, desahogo y confesión...

Seguro no soy la única a la que le ha pasado. Pero unos días después de descubrir que estaba embarazada, descubrí también que mis conocimientos sobre el embarazo y la maternidad eran limitadísimos. Así que me di a la tarea de solucionar aquello. Empecé por ver documentales. Luego me inscribí a páginas de Internet que me mandaban información semanal de cómo iba creciendo el embrión, el feto, y finalmente el bebé dentro de mi útero. Me inscribí también a un curso pre-parto. Y sobre todo, compré libros. Porque para mí, la manera más placentera de conocer cosas nuevas ha sido siempre tener las narices metidas entre las páginas de un libro. Me proveí (o me proveyeron, a decir verdad, porque la mayoría fueron regalos) con un par sobre el embarazo, sobre la lactancia, sobre la maternidad. Pero sobre todo manuales. Manuales de cómo tratar al recién nacido, de cómo sobrevivir a los primeros tres meses, de cómo tener un bebé eco-sostenible, de cómo vivir con un bebé sin arruinarse la economía, de cómo criar bebés tranquilos, sensibles, felices, respetuosos, obedientes, inteligentes.
      Me llené la cabeza con toda la información que soporté. Porque hay que ser honestos, la mayoría de los libros para neo-madres están escritos con la pata izquierda de un orangután rengo.
      Y llegó el gran día. Sobre todo, la gran noche. Mi bebé apenas nacido era perfecto. A no ser por un detalle: dormía considerablemente menos de lo que hacían los otros bebés. Que no eran pocos, porque nació en el hospital materno más grande de toda la región del Piamonte. Las horas que los otros bebés pasaban durmiendo en una especie de acuario con ruedas préstamo del hospital, el mío las usaba para llorar. Sobre todo por la noche. Entonces pensé que quizás era cosa de aquel lugar. Después de todo, ¿qué reacción puede uno esperar de alguien a quien han apenas arrancado de una tranquila, oscura y tibia vida intrauterina, para arrojarlo de golpe a un ruidoso hospital atascado de luces fluorescentes, en pleno invierno? ¿Alegría, sonrisas y un muchas gracias? Apenas estemos en casa, me dije, las cosas serán diferentes.
      Pero no. Pasaron algunos días. Es cosa de que se adapte a este mundo, pensé. Pasaron varias semanas. Está muy chiquito, todavía no tiene idea de que debe desarrollar tal cosa como un ciclo circadiano, me decía. Luego pasaron varios meses. Y entonces todos mis libros y manuales de referencia se revelaron inútiles. Todos hablaban del sueño de recién nacido, pero ninguno sugería al menos la posibilidad de que existieran bebés que no durmieran como actividad principal de sus vidas. Parecía que para un bebé dormir era como respirar: no era necesario hacer nada para ayudarlo, él lo haría naturalmente.
      Entonces, y frente a este vacío de información, vino la segunda parte del proceso llenarme-la-cabeza-con-todos-los-datos-útiles-e-inútiles-posibles. Me procuré (a veces con bastante dificultad) todos los best-sellers que encontré sobre el sueño del bebé. Me inscribí a un par de páginas de Internet. Y comencé a pasar mis días leyendo libros, foros virtuales y blogs. De hombres especialistas que orientan a  las madres. De mujeres especialistas que son también madres y de otras que no lo son. De madres que orientan a otras madres sin ser especialistas. De madres de familias numerosas. De madres primerizas. De madres periodistas y de madres casi iletradas.
      Todas lecturas que me llevaron a una indigestión de teorías y consejos, a imaginar cantidad de razones por las que mi bebé no dormía las horas “normales”. Pero nunca a solucionar el problema. Porque sí, que un bebé duerma poco ES un problema.
      Después de tanto leer, pensé que ya era hora de escribir. Porque yo también quiero contar la mía. Y porque de paso, quizás y hasta alcanzo a ayudar a alguien que también tenga un bebé insomne. Porque el mío no es el único. ¿O sí?