Dicen que es la forma más antigua y natural de dormir para una madre y un bebé. Que previene el síndrome de muerte súbita del lactante, porque el bebé sincroniza su respiración con la de la madre, y así no se le olvida respirar, cosa que parece puede sucederles a los recién nacidos. Que fortalece el vínculo afectivo madre-bebé. Que la madre puede dormir mucho mejor por la tranquilidad que le da tener a su bebé cerca. Que por lo mismo, el bebé duerme más y más tranquilo. Y sobre todo y lo más importante, que favorece la lactancia. Especialmente los primeros meses, en los que los bebés comen cada dos horas o incluso cada hora. La madre pone las dos tetas a su disposición y cuando el bebé tiene hambre no debe más que acercarse, pegar la boquita y beber hasta caer dormido de tan satisfecho. La madre, mientras tanto, puede ser que ni siquiera despierte del todo, que pase el tiempo de la toma en una fase de sueño ligero, para luego volver a quedarse dormida plácida y profundamente.
Eso es lo que dicen.
¿Quién? Pues todos los que lo dicen. Al menos los que yo he leído que lo dicen. La literatura, los artículos y los testimonios a favor de la crianza natural, crianza con apego, o en fin, esta filosofía de procurar tener al bebé cerca del cuerpo de la madre el mayor tiempo posible.
Pues bueno. A nosotros no nos funcionó. Ni un poco. Cero. Nada de nada.
Y miren que lo he intentado desde que N tenía unos días de nacido, hasta apenas la semana pasada, en que estuvo enfermo y con fiebres altas tres días. El resultado ha sido siempre más cercano al desastre que al idílico reposo (con fortalecimiento de vínculo afectivo incluído). Más de ocho meses de intentos varios. Intentos que no obedecen a la intención de abrazar la filosofía de la crianza natural (que comparto con mucha moderación), sino cuando N ha estado enfermo, o muy llorón, o algunas noches en que he estado tan cansada que me mareba apenas levantarme de la cama.
Pues cada vez que he metido a mi hijo en mi cama, se altera. Se despierta al menos cada hora. Para tocarme, para darse la vuelta, para buscar su chupón (que espera que YO le meta en la boca, después de todo, estoy ahí), para jugar y sobre todo para tomar leche. Come el doble de veces que cuando duerme en su cuna. Y en ese tema es donde la cosa es muchísimo menos idílica, porque las literaturas y los testimonios juran que para la madre, ofrecer la teta a su hijo recostada es de lo más cómodo.
Yo imagino que esas literaturas supondrán que a las madres que están amamantando, les crecen unas tetas de al menos veinte centímetros de diámetro. Y supongo que las madres que testimonian las bondades de amamantar así, son efectivamente de esas, porque si no, no entiendo cómo pueden calificar aquello de cómodo. Yo cuento con dos modestas tetas que aún llenas de leche hasta el tope, no alcanzan siquiera la copa C. Imagínense nada más. Y para ofrecer uno de mis pezones a mi hijo, debo curvar la espalda, esconder un codo, bajar un hombro y tensar el cuello, como mínimo. Para mí es la manera más incómoda que existe de amamantar. Incómoda, peligrosa y carísima, porque invariablemente luego de un par de noches de colecho, tengo que correr a hacer varias sesiones de fisioterapia. Y de dormir, bueno. Que al final N duerme poquísimo y ese poco lo hace agitadísimo. Yo duermo casi nada. Y al día siguiente él se despierta cansado y de mal humor y yo, ni qué decir.
Así que aunque el colecho tenga tantos hinchas en estos tiempos, lo poco que N duerme, lo hace en su cuna. Y lo poco que duermo yo, lo hago en mi cama. Y nuestro vínculo lo fortalecemos en la vigilia.