Seguro no soy la única a la que le ha pasado. Pero unos días después de descubrir que estaba embarazada, descubrí también que mis conocimientos sobre el embarazo y la maternidad eran limitadísimos. Así que me di a la tarea de solucionar aquello. Empecé por ver documentales. Luego me inscribí a páginas de Internet que me mandaban información semanal de cómo iba creciendo el embrión, el feto, y finalmente el bebé dentro de mi útero. Me inscribí también a un curso pre-parto. Y sobre todo, compré libros. Porque para mí, la manera más placentera de conocer cosas nuevas ha sido siempre tener las narices metidas entre las páginas de un libro. Me proveí (o me proveyeron, a decir verdad, porque la mayoría fueron regalos) con un par sobre el embarazo, sobre la lactancia, sobre la maternidad. Pero sobre todo manuales. Manuales de cómo tratar al recién nacido, de cómo sobrevivir a los primeros tres meses, de cómo tener un bebé eco-sostenible, de cómo vivir con un bebé sin arruinarse la economía, de cómo criar bebés tranquilos, sensibles, felices, respetuosos, obedientes, inteligentes.
Me llené la cabeza con toda la
información que soporté. Porque hay que ser honestos, la mayoría de los libros
para neo-madres están escritos con la pata izquierda de un orangután rengo.
Y llegó el gran día. Sobre todo, la gran
noche. Mi bebé apenas nacido era perfecto. A no ser por un detalle: dormía
considerablemente menos de lo que hacían los otros bebés. Que no eran pocos,
porque nació en el hospital materno más grande de toda la región del Piamonte. Las
horas que los otros bebés pasaban durmiendo en una especie de acuario con
ruedas préstamo del hospital, el mío las usaba para llorar. Sobre todo por la
noche. Entonces pensé que quizás era cosa de aquel lugar. Después de todo, ¿qué
reacción puede uno esperar de alguien a quien han apenas arrancado de una
tranquila, oscura y tibia vida intrauterina, para arrojarlo de golpe a un
ruidoso hospital atascado de luces fluorescentes, en pleno invierno? ¿Alegría,
sonrisas y un muchas gracias? Apenas estemos en casa, me dije, las cosas serán
diferentes.
Pero no. Pasaron algunos días. Es cosa de
que se adapte a este mundo, pensé. Pasaron varias semanas. Está muy chiquito,
todavía no tiene idea de que debe desarrollar tal cosa como un ciclo circadiano,
me decía. Luego pasaron varios meses. Y entonces todos mis libros y manuales de
referencia se revelaron inútiles. Todos hablaban del sueño de recién nacido,
pero ninguno sugería al menos la posibilidad de que existieran bebés que no
durmieran como actividad principal de sus vidas. Parecía que para un bebé
dormir era como respirar: no era necesario hacer nada para ayudarlo, él lo
haría naturalmente.
Entonces, y frente a este vacío de
información, vino la segunda parte del proceso llenarme-la-cabeza-con-todos-los-datos-útiles-e-inútiles-posibles. Me procuré (a veces con bastante dificultad)
todos los best-sellers que encontré sobre el sueño del bebé. Me inscribí a un
par de páginas de Internet. Y comencé a pasar mis días leyendo libros, foros
virtuales y blogs. De hombres especialistas que orientan a las madres. De mujeres especialistas
que son también madres y de otras que no lo son. De madres que orientan a otras
madres sin ser especialistas. De madres de familias numerosas. De madres
primerizas. De madres periodistas y de madres casi iletradas.
Todas lecturas que me llevaron a una
indigestión de teorías y consejos, a imaginar cantidad de razones por las que
mi bebé no dormía las horas “normales”. Pero nunca a solucionar el problema.
Porque sí, que un bebé duerma poco ES un problema.
Después de tanto leer, pensé que ya era hora de escribir. Porque yo
también quiero contar la mía. Y porque de paso, quizás y hasta alcanzo a ayudar
a alguien que también tenga un bebé insomne. Porque el mío no es el único. ¿O
sí?
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