miércoles, 25 de junio de 2014

El primer cuento de N

Por alguna razón que los detractores de Al Gore sabrán perfectamente explicar; anoche en Milán se soltó tremendo aguacero. Una cosa a lo caribeño. Y esta mañana al despertar, la cosa seguía ahí. Toneladas de agua cayendo. Relámpagos, truenos. Una humedad para regalársela al primero que pasara.
En ese ánimo nos sentamos a desayunar, hablando sólo de la tormenta y de cómo era posible que el tiempo hubiera cambiado así, de un minuto al otro. 
Luego de un rato, N hizo un puchero compasivo y dijo: La pioggia eztá tizte. Y se soltó a contarnos su primer cuento. Imaginado todo por él.
"La pioggia eztá tizte... polque... zu mamá ze fue... al supelmelcado... con sus hijitoz piiiiccolos piiiicolos piiiicolos... y.... y la dejó da sola... a la pioggia... que eztá tiiiizte".
Y sobra decir, pero lo digo igual, que la lluvia dejó de importarnos un comino. 

Notas:
Pioggia significa: lluvia. Y los tres puntos significan: pausa reflexiva para continuar con la narración.


viernes, 20 de junio de 2014

N tiene una casa


N en una de las muchas casas que hemos habitado en estas semanas.
Foto: Thania Z

En su casa tiene una tostadora, una resbaladilla, una cafetera y mucho café. Hay un gallo, muchos pajaritos y muchos gatos. Perros no. Perros no hay ni uno. Caballos sí. Muchos caballos negros.
Hay una sandía, que a veces es una anguria. Y un cuchillo. 
En su casa hay una cascina piccola. Y hay muchos colores. Hay taralli, cerezas, fresas y mucho parmesano. Hay leche para beber, agua pizzichina y agua mineral. Poca, de esta última. 
Tiene hipopótamos, cebras y una lavaplatos. También tiene una macchina, como la de papá. Blu.
Hay carne y helado de chocolate. También hay una nonna Carla, como la nonna de su papá. 
Hay vino. Ni tinto, ni bianco: verde. Y muchas mermeladas: de piña, ciliegia, biscotto. También tiene smoothies. Y baños. 

Su casa está muy lejos. A veces arriba del techo, a veces en la luna. A veces, también, nos dice a papá, a los abuelos italianos y a mí; que no podemos entrar a su casa. Pero luego se la piensa mejor y nos dice con una sonrisa que sí, que podemos visitarlo.

Eso es lo que dice en estos días.



miércoles, 11 de junio de 2014

Diálogo vespertino (mientras comemos sólo él y yo)

- Había un animale azí, muy estlano.
- ¿Muy extraño?
- Sí. Eztlanísimo.
- Y ¿cómo se llamaba ese animal extrañísimo?
- Catupaquini.
- Y ¿dónde vivía ese animal?
- Caza le Zele.
- ¡¿En casa de Sele?! ¿Y era un animal peligroso?
- No.
- Ah, menos mal. Pero ¿cómo se llamaba? Que ya me olvidé.
- Abada.
- ¿No se llamaba  catu-algo?
- No. Emi.
- ¿Ahora se llama Emi?
- Zi.
- ¿Entonces lo rarísimo de ese animal es que cambia de nombre cada dos minutos?
- Zi. Zi, mamá.

Y esta debe ser una de las mejores conversaciones que N y yo hemos sostenido hasta ahora.

sábado, 7 de junio de 2014

De suciedades y milanesas

Es increíble el miedo que tienen las madres y las abuelas milanesas de que los niños se ensucien. Los llevan al parque. Apenas tocan la tierra con las manos y les pegan el grito: ¡no, no, que está sucio! Y los llevan ipso facto al lugar especialmente diseñado para que los nenes jueguen. Un lugar cercado y con un piso que es una especie de asfalto engomado. Un invento maravilloso (el del piso, no el de la cerca, al menos en este caso), ya que visto que es inevitable que los niños vayan a dar con la cabeza por los suelos varias veces por semana, ese piso impide las contusiones craneales que tanto tememos las madres. Al menos es la idea que dan.
La cosa es que los llevan allí, donde están los juegos. Y los juegos y ese piso engomado es lo que estos niños pueden tocar. De ese modo salen del lugar en el que juegan, tal como entraron. O eso parece. Porque las mamás, según me han contado algunas, los limpian apenas vuelven a casa. Las manos, los pies, los codos, la cara. Les cambian la ropa.
Hoy fuimos al parque y N llevó su camión excavador. Estuvo cargando y descargando tierra y piedritas un rato, hasta que descubrió un charco de lodo. Cuando mi boca se abrió para gritar ¡noooo!, él ya había pasado corriendo y venía de vuelta. Se paró de golpe al oír tan familiar palabra salir de mi garganta y me pregunto ¿ahí no? Sí, hijo, ahí sí; me corregí. Y él volvió corriendo al charco y salto una y otra vez. Y me gritaba: ¡mamá, mila!, entre carcajadas de gozo. Y se embarró los zapatos, los calcetines, el pantalón, la chaqueta. Era lodo. Tierra y agua de la que se supone, estamos todos hechos ¿o no? Pues pareció que no, porque las abuelas y las nanas (eran las once de la mañana, hora en que las madres milanesas trabajan) lo miraron con esa mirada de escandalosa discreción -si se me permite el oxímoron- tan típica de estos lares. Luego me miraron a mí, madre fuera de sus cabales que aplaudía aquel espectáculo de mi hijo de dos años y le hacía doscientas fotos con el celular, como corresponde.

Los niños también miraban. En sus caras se veía un gesto de extrañeza, de perplejidad. No sé si de anhelo. Me gustaría creer que sí. Que los niños y la tierra se atraen como los imanes. Y que sus madres, nanas y abuelas no les han contagiado el miedo a la suciedad. Que todavía no.