Es increíble el miedo que tienen las madres y las abuelas milanesas de
que los niños se ensucien. Los llevan al parque. Apenas tocan la tierra con las
manos y les pegan el grito: ¡no, no, que está sucio! Y los llevan ipso facto al
lugar especialmente diseñado para que los nenes jueguen. Un lugar cercado y con
un piso que es una especie de asfalto engomado. Un invento maravilloso (el del
piso, no el de la cerca, al menos en este caso), ya que visto que es inevitable
que los niños vayan a dar con la cabeza por los suelos varias veces por semana,
ese piso impide las contusiones craneales que tanto tememos las madres. Al
menos es la idea que dan.
La cosa es que los llevan allí, donde están los juegos. Y los juegos y ese
piso engomado es lo que estos niños pueden tocar. De ese modo salen del lugar
en el que juegan, tal como entraron. O eso parece. Porque las mamás, según me
han contado algunas, los limpian apenas vuelven a casa. Las manos, los pies,
los codos, la cara. Les cambian la ropa.
Hoy fuimos al parque y N llevó su camión excavador. Estuvo cargando y
descargando tierra y piedritas un rato, hasta que descubrió un charco de lodo. Cuando
mi boca se abrió para gritar ¡noooo!, él ya había pasado corriendo y venía de
vuelta. Se paró de golpe al oír tan familiar palabra salir de mi garganta y me
pregunto ¿ahí no? Sí, hijo, ahí sí; me corregí. Y él volvió corriendo al charco
y salto una y otra vez. Y me gritaba: ¡mamá, mila!, entre carcajadas de gozo. Y
se embarró los zapatos, los calcetines, el pantalón, la chaqueta. Era lodo.
Tierra y agua de la que se supone, estamos todos hechos ¿o no? Pues pareció que
no, porque las abuelas y las nanas (eran las once de la mañana, hora en que las
madres milanesas trabajan) lo miraron con esa mirada de escandalosa discreción
-si se me permite el oxímoron- tan típica de estos lares. Luego me miraron a
mí, madre fuera de sus cabales que aplaudía aquel espectáculo de mi hijo de dos
años y le hacía doscientas fotos con el celular, como corresponde.
Los niños también miraban. En sus caras se veía un gesto de extrañeza,
de perplejidad. No sé si de anhelo. Me gustaría creer que sí. Que los niños y
la tierra se atraen como los imanes. Y que sus madres, nanas y abuelas no les
han contagiado el miedo a la suciedad. Que todavía no.
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