sábado, 7 de junio de 2014

De suciedades y milanesas

Es increíble el miedo que tienen las madres y las abuelas milanesas de que los niños se ensucien. Los llevan al parque. Apenas tocan la tierra con las manos y les pegan el grito: ¡no, no, que está sucio! Y los llevan ipso facto al lugar especialmente diseñado para que los nenes jueguen. Un lugar cercado y con un piso que es una especie de asfalto engomado. Un invento maravilloso (el del piso, no el de la cerca, al menos en este caso), ya que visto que es inevitable que los niños vayan a dar con la cabeza por los suelos varias veces por semana, ese piso impide las contusiones craneales que tanto tememos las madres. Al menos es la idea que dan.
La cosa es que los llevan allí, donde están los juegos. Y los juegos y ese piso engomado es lo que estos niños pueden tocar. De ese modo salen del lugar en el que juegan, tal como entraron. O eso parece. Porque las mamás, según me han contado algunas, los limpian apenas vuelven a casa. Las manos, los pies, los codos, la cara. Les cambian la ropa.
Hoy fuimos al parque y N llevó su camión excavador. Estuvo cargando y descargando tierra y piedritas un rato, hasta que descubrió un charco de lodo. Cuando mi boca se abrió para gritar ¡noooo!, él ya había pasado corriendo y venía de vuelta. Se paró de golpe al oír tan familiar palabra salir de mi garganta y me pregunto ¿ahí no? Sí, hijo, ahí sí; me corregí. Y él volvió corriendo al charco y salto una y otra vez. Y me gritaba: ¡mamá, mila!, entre carcajadas de gozo. Y se embarró los zapatos, los calcetines, el pantalón, la chaqueta. Era lodo. Tierra y agua de la que se supone, estamos todos hechos ¿o no? Pues pareció que no, porque las abuelas y las nanas (eran las once de la mañana, hora en que las madres milanesas trabajan) lo miraron con esa mirada de escandalosa discreción -si se me permite el oxímoron- tan típica de estos lares. Luego me miraron a mí, madre fuera de sus cabales que aplaudía aquel espectáculo de mi hijo de dos años y le hacía doscientas fotos con el celular, como corresponde.

Los niños también miraban. En sus caras se veía un gesto de extrañeza, de perplejidad. No sé si de anhelo. Me gustaría creer que sí. Que los niños y la tierra se atraen como los imanes. Y que sus madres, nanas y abuelas no les han contagiado el miedo a la suciedad. Que todavía no. 


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