jueves, 4 de abril de 2013

Leer en el baño

Era una práctica frecuente cuando vivía con mi madre. Ella tenía un departamento minúsculo donde a veces se quedaban a dormir mis dos hermanos. Algo que tenía su parte de regocijamento familiar, pero que no me permitía ejecutar con la usual normalidad mi actividad diaria antes de dormir: leer. La usual normalidad implicaba fumarme un cigarro tras otro mientras recorría las páginas del libro en cuestión, motivo por el cual leía siempre en la sala, mientras mi madre dormía en la habitación que compartíamos. Así que cuando mis hermanos pasaban la noche, la una en mi cama y el otro en el sofá de la sala; yo me encerraba en el baño y tendida sobre una toalla como en balneario, leía dos, tres o más horas. Leer era la actividad más importante en aquel tiempo.
  Ya han pasado más de quince años (¿o debería decir casi veinte?), y resulta que he retomado la práctica. Esta vez no para evitar perturbar el sueño de los otros. Y mucho menos para fumar –hace dos años y medio que lo dejé. Si no porque el baño es el único lugar en el que una madre puede gozar de unos cuantos minutos de intimidad. Si usted, hipotética lectora, es madre también, lo sabrá de sobra. 
  Leer sigue siendo una actividad importantísima en mi vida. Pero me cuesta mucho encontrar minutos libres –pensar en horas ya sería presuntuoso– para poder hacerlo. 
  Hace unos meses entré al baño con la lectura en la mano y cuando el familiarísimo mamma! (proferido indistintamente por mi hijo o por su padre) reclamó mi presencia, me di cuenta que había avanzado más de dos páginas. Unas horas después volví al baño. Leí dos páginas más. Y antes de darme cuenta, ya me estaba inventando una pis acá y otra allá para poder seguir con el libro que me tenía enganchada, la primera novela de Pedro Juan Gutiérrez, cuya Habana en los años noventas (de los milesnovecientos, se entiende) es tan ajena a mí como el Dublín de Joyce de un siglo antes. 
  Sigo durmiendo muy poco, aclaro. Por si alguien se lo estaba preguntando. Echar una siesta de cinco minutos en el baño, además de improbable, sería infructífero. Pero la buena noticia es que al parecer, mi cerebro se ha ido acostumbrando a trabajar en modo "salva energía". Y me permite el placer de leer narrativa. No he intentado los ensayos, por precaución. Por miedo a un posible desgaste neuronal que me impida usar la mano o el ojo derecho por varios días. Justamente esta mañana terminé el "Nada qué temer" de Julian Barnes. Imagínese dónde.

miércoles, 3 de abril de 2013

Incompatibilidades (et al.)

Ser madre de tiempo completo, no dormir y escribir, son cosas incompatibles. Sí, ya sé: he descubierto el agua caliente. Pero yo de verdad me imaginé que podría arreglármelas para hacer las tres cosas. Que no podía ser tan difícil encontrarme una  hora al día para escribir acá. Pensé que este sería el blog que continuaría por años y no otro de los tantos que empiezo con entusiasmo y luego se quedan inertes en la Red hasta que me decido a borrar todo indicio de que alguna vez existieron.
  Lo cierto es que ahora no sé si este será la excepción o la regla. Y también que a este blog, por el que cada tanto pasan dos o tres hipotéticos lectores que no sé si se quedan a leer o si sencillamente llegan porque apretaron el enlace equivocado que les ofreció el google y se van en seguida; pues a este blog, de alguna manera no lo he descuidado. Al menos no lo olvido. Supongo que la razón es que la idea era escribir acá cosas sobre las noches de insomnio y otras peculiaridades más de N, mi hijo. Y por eso se me han quedado entradas en el tintero. O en el grabador de voz del celular, en honor de la verdad. Cosas como esto, que sucedió hace al menos seis meses:


  Esta tarde, N y yo estábamos esperando turno en la cola de la heladería de siempre. Detrás nuestro se formó una pareja de novios casi adolescentes. Empezaron a mirar fijamente a N. Le hacían caras y le sonreían y lo saludaban. Nada especial. El clásico bufón que todos llevamos dentro, y que emerge en presencia de un bebé. N dejó el libro con el que estaba jugando y miró a los desconocidos con el ceño fruncido. Debe estar preguntándose ¿quién es este cretino que me hace caras tontas?, dijo la novia. Y él dijo algo para defenderse o algo así. Y los dos siguieron con su diálogo, sin sacarle los ojos de encima a N. Él los  miró un rato y luego hizo un puchero y empezó a sollozar. Lo espantaste, dijo la novia, te dije que espantas a los niños. Y la cosa terminó allí. Le di la vuelta al cochecito de mi hijo para que ya no viera a los noviecitos y me quedé pensando toda la tarde que a los bebés se les exige demasiado y se les respeta poco. Aceptamos que a un adulto le caiga mal otro adulto, que le caigan mal muchos, que incluso no pueda compartir el mismo espacio físico con alguien que detesta. Aceptamos de buen grado que cuando a un adulto le presenten a un desconocido, le de una mala impresión, que le caiga mal, que no haya onda. Pero a un bebé no. A un bebé se le pide que sea todo sonrisas y gorjeos para todos los desconocidos que le metan la cabeza en el cochecito, le piquen las mejillas o los pies y le pongan cara de tonto. Si frente a estas impulsivas muestras de afecto, el bebé comienza a llorar (el equivalente a la adulta excusa de: perdón, debo irme porque tengo que darle de comer a mi gato) entonces llegan los ¡uy, pero qué huraño!, ¿no me sonríes, tesoro?, ¿no te gusta la gente?, ¡tan chiquito y ya tan mal carácter! 

  ¿Porqué está obligado un bebé a una cosa tan espeluznante como lo es gustar de todo el mundo? Imagínense el infierno que sería si todos fuésemos simpáticos con todos, si todos nos cayéramos bien. 
  Y de respeto, vamos. Que pareciera que un cuerpecito de bebé es una invitación a la opinión y el manoseo ajeno. Todos se sienten con el permiso de tocarles las manos, los pies, las mejillas, la cabeza. Todos tienen siempre cantidad de preguntas y de comentarios y observaciones. Es como si mientras somos bebés, los seres humanos fuésemos del dominio público. Y no. Que no.
  A mí me gusta que N llore al ver a un desconocido, y que sonría al ver a algún otro. Somos seres socialmente selectivos (si me permiten el seseo), y necesitamos que nos respeten nuestro espacio vital. Imagínese nada más que usted va conduciendo su auto, se para en un semáforo y entonces alguien salta de la acera, mete la cabeza por la ventanilla y le dice:
– ¡Qué guapo que estás! ¿Cómo te llamas? ¿Para dónde vas? ¿Tienes calor? ¿A ver, qué estás bebiendo? ¿Agua? Mmmmm ¿Me das un poco? 

  ¿No le darían -al menos- ganas de llorar y gritar?

domingo, 20 de enero de 2013

Las siestas de N (y su cronómetro escondido)


Desde que nació, lo que equivale a decir: desde siempre, las siestas de N duran de 30 a 37 minutos. Ha llegado a cerrar el ojo por escasos quince minutos y lo ha hecho también por una hora. Pero han sido poquísimas veces. Lo normal es lo de los 30 a 37.
     Al inicio me parecía sólo que dormía poco, con respecto a ese “los recién nacidos pasan la mayor parte del día durmiendo” que había yo leído por todas partes. Luego me compré esta aplicación para el teléfono celular y fue entonces que me di cuenta de la exactitud de sus tiempos.
     Los primeros cuatro meses fueron una locura. N hacía una siesta cada hora, lo que equivale a  decir que yo dedicaba mis días a dormir a mi hijo. Apenas lo veía bostezar, lo tomaba en brazos, le ponía el chupón, encendía el ruido blanco y comenzaba a pasear con él mientras le cantaba “a la rorro, a la meme” decenas de veces. Al inicio me podía pasar 25 minutos con aquello. Luego cogí experiencia y llegó el momento en que en 10 minutos ya estaba frito. Entonces, esperaba otros 10 minutos a que estuviera profundamente dormido y sólo entonces, con mucho cuidado, lo dejaba en su hamaca o en el capazo de su cochecito. Si lo dejaba demasiado pronto, si lo acostaba en su cuna o si lo hacía sin un cuidado extremo, se despertaba inevitablemente. De ahí, me quedaban unos 20 minutos para hacer cosas como ir al baño o comer algo a las apuradas. Porque a los 30 o 37 minutos de haberse dormido, ya estaba despertando.
     En las mismas todas partes que ya cité, había leído que los bebés no descansan si no duermen siestas de al menos una hora. Así que empecé a atormentarme. ¿Por qué mi hijo dormía tan poco? ¿Qué cosa no funcionaba bien en él? ¿Qué cosa había hecho mal yo? Porque siendo honesta, cuando tienes un bebé insomne, no pasa semana (o día) en que no te atormentes pensando qué has hecho mal, en que no te sientas la peor madre del mundo. Sí, mucho más que aquellas que duermen al menos seis horas por noche.
     Así que de nuevo acudí a los libros y a la Red. A indigestarme de lecturas para buscar un remedio.
Una de las cosas recurrentes con que me topé en los testimonios de las madres, era que apenas haberle cambiado el lugar de las siestas a sus hijos, habían comenzado a dormir como unos benditos, por horas. Pues bueno, lo hice. Probé la mochila porta-bebé, nuestra cama, el fular, el sofá, con almohadas o sin ellas; lo puse a dormir en la cocina, en la sala, incluso en el baño. Pero no hubo cambio alguno. De 30 a 37 minutos. Y en seguida despertaba.
     Así que olvidé lo del lugar y me esforcé por intentar alargarle las siestas, otra cosa que había leído que era posible hacer. Una cosa complicadísima. Y que funcionó algunas veces. Tres, si no recuerdo mal. El resto, terminaba yo con una mal de espalda, de cuello, de riñones y en general de humor. Pero N no volvía a dormirse.
     No sé cuántos meses pasé probando cosas. Que nunca funcionaron. El cronómetro de N lo sigue despertando a los 30 o 37 minutos. Y a veces, solo a veces y cuando está muy cansado, lo deja dormir una hora o más.
     Lo que intento cambiar en estos días es algo más personal y complicado: abrazar la resignación y alimentar la esperanza pensando que un buen día, en el futuro lejano, ya no necesitará dormir la siesta. Y que después de todo, cuando está despierto, N es pura poesía babeante, balbuceante y en perpetuo movimiento. Una verdadera maravilla. Y voy tirando. No tan mal. Eso creo.


sábado, 12 de enero de 2013

La pocrescofobia de la gestante



O lo que es lo mismo: el miedo a engordar en el embarazo. Que no sé si sea una patología o no. Pero es una cosa de lo más común. Basta darse una vueltita por Pinterest para comprobarlo. Las mujeres embarazadas, pero sobre todo las que no lo están, tienen una especie de obsesión con eso de subir los menos kilos posibles en el proceso. Engordar en el embarazo, una cosa de lo más natural, de repente se convirtió en una fobia. Y para combatirla, hay cantidad de programas por todos lados. Pilates para embarazadas, yoga para embarazadas, karate, gimnasia, natación para embarazadas. Te prometen cosas como ayudarte a disminuir el dolor en el parto (¡ja!), aliviar los dolores lumbares típicos del último trimestre, favorecer la oxigenación y la circulación de la sangre. Pero todas sabemos que la intención a la hora de hacer una de estas actividades, es que el cuerpo se siga ejercitando y todos esos kilos que de a poco nos van deformando, sean los menos posibles.
     El colmo me lo crucé hace unos meses en el Valentino, el parque por el que N y yo paseamos todas las tardes: una mujer con una panza de al menos seis meses, corriendo a toda velocidad. Un señor se paró, la siguió con la vista e hizo un gesto que bien podía haber sido de respeto o de espanto.
     El mío fue de espanto, seguro. ¿No se supone que si el bebé va dando tumbos contra el piso pélvico, puede favorecer la dilatación e inducir el parto? Cuando estás en la semana 38 o 39, de hecho, los doctores te recomiendan caminar. Camine, camine, camine. Porque el peso del bebé favorece la dilatación y por lo tanto ayuda a acercarse al momento del parto.
     Pero imagino que muchas veces es más grande el miedo a quedarse perpetuamente gorda, que la prudencia. Yo también tuve ese miedo. Y me faltó prudencia. Cuando subí los primeros 7 u 8 kilos, al mismo tiempo que una inmensa emoción por sentir los primeros movimientos de mi hijo, me comenzó la idea de: ¿cómo me voy a deshacer de todos estos kilos? Luego subí más. Y más. Hasta llegar a 17. Que en una persona como yo, que mide un metro con escasos sesenta y dos centímetros, créanme, son muchos. 
Pero luego se fueron. Más rápido de lo que vinieron. En el parto y las primeras dos semanas del puerperio, perdí 10 kilos. Cinco más los fui perdiendo de a poco y sin hacer nada (es decir, comiendo como un cerdo) en los siguientes tres meses. Los otros 2 kilos los conservo como souvenir. Aunque no sé si son 2 o 1 y medio. La báscula no se ha decidido. La cosa es que ya no es importante. Eso de la fobia por engordar es una de las cosas que perduran en el embarazo, pero que en el momento en que te vuelves madre, desaparecen. O eso pensaba yo. Hasta que hace unos días me volví a cruzar con la misma mujer, en el mismo parque. Corría de nuevo a toda velocidad, pero ya no tenía panza, si no que empujaba un cochecito con un bebé dentro. Y a mí lo único que se me ocurrió fue eso que escribe Millás a veces. “En fin”, es lo que escribe.