Desde que nació, lo que equivale a decir:
desde siempre, las siestas de N duran de 30 a 37 minutos. Ha llegado a cerrar
el ojo por escasos quince minutos y lo ha hecho también por una hora. Pero han
sido poquísimas veces. Lo normal es lo de los 30 a 37.
Al inicio me parecía sólo que dormía
poco, con respecto a ese “los recién nacidos pasan la mayor parte del día
durmiendo” que había yo leído por todas partes. Luego me compré esta aplicación
para el teléfono celular y fue entonces que me di cuenta de la exactitud de sus
tiempos.
Los primeros cuatro meses fueron una
locura. N hacía una siesta cada hora, lo que equivale a decir que yo dedicaba mis días a dormir
a mi hijo. Apenas lo veía bostezar, lo tomaba en brazos, le ponía el chupón,
encendía el ruido blanco y comenzaba a pasear con él mientras le cantaba “a la
rorro, a la meme” decenas de veces. Al inicio me podía pasar 25 minutos con
aquello. Luego cogí experiencia y llegó el momento en que en 10 minutos ya
estaba frito. Entonces, esperaba otros 10 minutos a que estuviera profundamente
dormido y sólo entonces, con mucho cuidado, lo dejaba en su hamaca o en el
capazo de su cochecito. Si lo dejaba demasiado pronto, si lo acostaba en su
cuna o si lo hacía sin un cuidado extremo, se despertaba inevitablemente. De
ahí, me quedaban unos 20 minutos para hacer cosas como ir al baño o comer algo
a las apuradas. Porque a los 30 o 37 minutos de haberse dormido, ya estaba
despertando.
En las mismas todas partes que ya cité,
había leído que los bebés no descansan si no duermen siestas de al menos una
hora. Así que empecé a atormentarme. ¿Por qué mi hijo dormía tan poco? ¿Qué
cosa no funcionaba bien en él? ¿Qué cosa había hecho mal yo? Porque siendo
honesta, cuando tienes un bebé insomne, no pasa semana (o día) en que no te
atormentes pensando qué has hecho mal, en que no te sientas la peor madre del
mundo. Sí, mucho más que aquellas que duermen al menos seis horas por noche.
Así que de nuevo acudí a los libros y a
la Red. A indigestarme de lecturas para buscar un remedio.
Una de las cosas recurrentes con que me
topé en los testimonios de las madres, era que apenas haberle cambiado el lugar
de las siestas a sus hijos, habían comenzado a dormir como unos benditos, por
horas. Pues bueno, lo hice. Probé la mochila porta-bebé, nuestra cama, el
fular, el sofá, con almohadas o sin ellas; lo puse a dormir en la cocina, en la
sala, incluso en el baño. Pero no hubo cambio alguno. De 30 a 37 minutos. Y en
seguida despertaba.
Así que olvidé lo del lugar y me esforcé
por intentar alargarle las siestas, otra cosa que había leído que era posible
hacer. Una cosa complicadísima. Y que funcionó algunas veces. Tres, si no
recuerdo mal. El resto, terminaba yo con una mal de espalda, de cuello, de
riñones y en general de humor. Pero N no volvía a dormirse.
No sé cuántos meses pasé probando cosas.
Que nunca funcionaron. El cronómetro de N lo sigue despertando a los 30 o 37 minutos. Y a veces, solo
a veces y cuando está muy cansado, lo deja dormir una hora o más.
Lo que intento cambiar en estos días es algo más personal y complicado: abrazar la resignación y alimentar la esperanza pensando que un buen día, en el futuro lejano, ya no necesitará dormir la siesta. Y que después de todo, cuando está despierto, N es pura poesía babeante, balbuceante y en perpetuo movimiento. Una verdadera maravilla. Y voy tirando. No tan mal. Eso creo.
Lo que intento cambiar en estos días es algo más personal y complicado: abrazar la resignación y alimentar la esperanza pensando que un buen día, en el futuro lejano, ya no necesitará dormir la siesta. Y que después de todo, cuando está despierto, N es pura poesía babeante, balbuceante y en perpetuo movimiento. Una verdadera maravilla. Y voy tirando. No tan mal. Eso creo.
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