O lo que es lo mismo: el miedo a engordar
en el embarazo. Que no sé si sea una patología o no. Pero es una cosa de lo más
común. Basta darse una vueltita por Pinterest para comprobarlo. Las mujeres
embarazadas, pero sobre todo las que no lo están, tienen una especie de
obsesión con eso de subir los menos kilos posibles en el proceso. Engordar en
el embarazo, una cosa de lo más natural, de repente se convirtió en una fobia.
Y para combatirla, hay cantidad de programas por todos lados. Pilates para
embarazadas, yoga para embarazadas, karate, gimnasia, natación para
embarazadas. Te prometen cosas como ayudarte a disminuir el dolor en el parto
(¡ja!), aliviar los dolores lumbares típicos del último trimestre, favorecer la
oxigenación y la circulación de la sangre. Pero todas sabemos que la intención
a la hora de hacer una de estas actividades, es que el cuerpo se siga
ejercitando y todos esos kilos que de a poco nos van deformando, sean los menos
posibles.
El colmo me lo crucé hace unos meses en
el Valentino, el parque por el que N y yo paseamos todas las tardes: una mujer
con una panza de al menos seis meses, corriendo a toda velocidad. Un señor se
paró, la siguió con la vista e hizo un gesto que bien podía haber sido de
respeto o de espanto.
El mío fue de espanto, seguro. ¿No se
supone que si el bebé va dando tumbos contra el piso pélvico, puede favorecer
la dilatación e inducir el parto? Cuando estás en la semana 38 o 39, de hecho,
los doctores te recomiendan caminar. Camine, camine, camine. Porque el peso del
bebé favorece la dilatación y por lo tanto ayuda a acercarse al momento del
parto.
Pero imagino que muchas veces es más
grande el miedo a quedarse perpetuamente gorda, que la prudencia. Yo también
tuve ese miedo. Y me faltó prudencia. Cuando subí los primeros 7 u 8 kilos, al
mismo tiempo que una inmensa emoción por sentir los primeros movimientos de mi
hijo, me comenzó la idea de: ¿cómo me voy a deshacer de todos estos kilos?
Luego subí más. Y más. Hasta llegar a 17. Que en una persona como yo, que mide
un metro con escasos sesenta y dos centímetros, créanme, son muchos.
Pero luego se fueron. Más rápido de lo que vinieron. En el parto y las primeras dos semanas del puerperio, perdí 10 kilos. Cinco más los fui perdiendo de a poco y sin hacer nada (es decir, comiendo como un cerdo) en los siguientes tres meses. Los otros 2 kilos los conservo como souvenir. Aunque no sé si son 2 o 1 y medio. La báscula no se ha decidido. La cosa es que ya no es importante. Eso de la fobia por engordar es una de las cosas que perduran en el embarazo, pero que en el momento en que te vuelves madre, desaparecen. O eso pensaba yo. Hasta que hace unos días me volví a cruzar con la misma mujer, en el mismo parque. Corría de nuevo a toda velocidad, pero ya no tenía panza, si no que empujaba un cochecito con un bebé dentro. Y a mí lo único que se me ocurrió fue eso que escribe Millás a veces. “En fin”, es lo que escribe.
Pero luego se fueron. Más rápido de lo que vinieron. En el parto y las primeras dos semanas del puerperio, perdí 10 kilos. Cinco más los fui perdiendo de a poco y sin hacer nada (es decir, comiendo como un cerdo) en los siguientes tres meses. Los otros 2 kilos los conservo como souvenir. Aunque no sé si son 2 o 1 y medio. La báscula no se ha decidido. La cosa es que ya no es importante. Eso de la fobia por engordar es una de las cosas que perduran en el embarazo, pero que en el momento en que te vuelves madre, desaparecen. O eso pensaba yo. Hasta que hace unos días me volví a cruzar con la misma mujer, en el mismo parque. Corría de nuevo a toda velocidad, pero ya no tenía panza, si no que empujaba un cochecito con un bebé dentro. Y a mí lo único que se me ocurrió fue eso que escribe Millás a veces. “En fin”, es lo que escribe.
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