sábado, 12 de enero de 2013

La pocrescofobia de la gestante



O lo que es lo mismo: el miedo a engordar en el embarazo. Que no sé si sea una patología o no. Pero es una cosa de lo más común. Basta darse una vueltita por Pinterest para comprobarlo. Las mujeres embarazadas, pero sobre todo las que no lo están, tienen una especie de obsesión con eso de subir los menos kilos posibles en el proceso. Engordar en el embarazo, una cosa de lo más natural, de repente se convirtió en una fobia. Y para combatirla, hay cantidad de programas por todos lados. Pilates para embarazadas, yoga para embarazadas, karate, gimnasia, natación para embarazadas. Te prometen cosas como ayudarte a disminuir el dolor en el parto (¡ja!), aliviar los dolores lumbares típicos del último trimestre, favorecer la oxigenación y la circulación de la sangre. Pero todas sabemos que la intención a la hora de hacer una de estas actividades, es que el cuerpo se siga ejercitando y todos esos kilos que de a poco nos van deformando, sean los menos posibles.
     El colmo me lo crucé hace unos meses en el Valentino, el parque por el que N y yo paseamos todas las tardes: una mujer con una panza de al menos seis meses, corriendo a toda velocidad. Un señor se paró, la siguió con la vista e hizo un gesto que bien podía haber sido de respeto o de espanto.
     El mío fue de espanto, seguro. ¿No se supone que si el bebé va dando tumbos contra el piso pélvico, puede favorecer la dilatación e inducir el parto? Cuando estás en la semana 38 o 39, de hecho, los doctores te recomiendan caminar. Camine, camine, camine. Porque el peso del bebé favorece la dilatación y por lo tanto ayuda a acercarse al momento del parto.
     Pero imagino que muchas veces es más grande el miedo a quedarse perpetuamente gorda, que la prudencia. Yo también tuve ese miedo. Y me faltó prudencia. Cuando subí los primeros 7 u 8 kilos, al mismo tiempo que una inmensa emoción por sentir los primeros movimientos de mi hijo, me comenzó la idea de: ¿cómo me voy a deshacer de todos estos kilos? Luego subí más. Y más. Hasta llegar a 17. Que en una persona como yo, que mide un metro con escasos sesenta y dos centímetros, créanme, son muchos. 
Pero luego se fueron. Más rápido de lo que vinieron. En el parto y las primeras dos semanas del puerperio, perdí 10 kilos. Cinco más los fui perdiendo de a poco y sin hacer nada (es decir, comiendo como un cerdo) en los siguientes tres meses. Los otros 2 kilos los conservo como souvenir. Aunque no sé si son 2 o 1 y medio. La báscula no se ha decidido. La cosa es que ya no es importante. Eso de la fobia por engordar es una de las cosas que perduran en el embarazo, pero que en el momento en que te vuelves madre, desaparecen. O eso pensaba yo. Hasta que hace unos días me volví a cruzar con la misma mujer, en el mismo parque. Corría de nuevo a toda velocidad, pero ya no tenía panza, si no que empujaba un cochecito con un bebé dentro. Y a mí lo único que se me ocurrió fue eso que escribe Millás a veces. “En fin”, es lo que escribe.

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