Era una práctica frecuente cuando vivía con mi madre. Ella tenía un departamento minúsculo donde a veces se quedaban a dormir mis dos hermanos. Algo que tenía su parte de regocijamento familiar, pero que no me permitía ejecutar con la usual normalidad mi actividad diaria antes de dormir: leer. La usual normalidad implicaba fumarme un cigarro tras otro mientras recorría las páginas del libro en cuestión, motivo por el cual leía siempre en la sala, mientras mi madre dormía en la habitación que compartíamos. Así que cuando mis hermanos pasaban la noche, la una en mi cama y el otro en el sofá de la sala; yo me encerraba en el baño y tendida sobre una toalla como en balneario, leía dos, tres o más horas. Leer era la actividad más importante en aquel tiempo.
Ya han pasado más de quince años (¿o debería decir casi veinte?), y resulta que he retomado la práctica. Esta vez no para evitar perturbar el sueño de los otros. Y mucho menos para fumar –hace dos años y medio que lo dejé. Si no porque el baño es el único lugar en el que una madre puede gozar de unos cuantos minutos de intimidad. Si usted, hipotética lectora, es madre también, lo sabrá de sobra.
Leer sigue siendo una actividad importantísima en mi vida. Pero me cuesta mucho encontrar minutos libres –pensar en horas ya sería presuntuoso– para poder hacerlo.
Hace unos meses entré al baño con la lectura en la mano y cuando el familiarísimo mamma! (proferido indistintamente por mi hijo o por su padre) reclamó mi presencia, me di cuenta que había avanzado más de dos páginas. Unas horas después volví al baño. Leí dos páginas más. Y antes de darme cuenta, ya me estaba inventando una pis acá y otra allá para poder seguir con el libro que me tenía enganchada, la primera novela de Pedro Juan Gutiérrez, cuya Habana en los años noventas (de los milesnovecientos, se entiende) es tan ajena a mí como el Dublín de Joyce de un siglo antes.
Sigo durmiendo muy poco, aclaro. Por si alguien se lo estaba preguntando. Echar una siesta de cinco minutos en el baño, además de improbable, sería infructífero. Pero la buena noticia es que al parecer, mi cerebro se ha ido acostumbrando a trabajar en modo "salva energía". Y me permite el placer de leer narrativa. No he intentado los ensayos, por precaución. Por miedo a un posible desgaste neuronal que me impida usar la mano o el ojo derecho por varios días. Justamente esta mañana terminé el "Nada qué temer" de Julian Barnes. Imagínese dónde.