martes, 23 de octubre de 2012

N a grandes rasgos

N es nuestro primer hijo. Nació el 3 de febrero de este 2012, por lo que al día de hoy tiene ocho meses, entrando a nueve, como hubiera dicho mi abuela. Mide setenta y un  centímetros y pesa ocho kilos y ochocientos gramos. Sí, mide y pesa lo que un bebé de doce meses. Tiene poquísimo pelo y hoyuelos en las mejillas cuando sonríe. 
      Fue alimentado exclusivamente con leche materna los primeros 5 meses de su vida. Todavía sigue siendo lactante, pero los alimentos sólidos ya tienen el peso mayor en su dieta. Le han salido los primeros dos dientes. Los de regla, los dos incisivos centrales inferiores. Que utiliza para realizar su actividad favorita: mordisquear galletas. Todo lo malo que salió para dormir, lo tiene de bueno para comer. 
      Y aquí abro un paréntesis para explicar un poco eso de que salió malo para dormir. 
      Duerme poco de noche y poquísimo de día. Lo de la noche comenzó a los cuatro meses, cuando le pusieron la segunda ronda de vacunas. Le vino la fiebre por primera vez en su vida y a partir de ahí, empezó a dormir fatal. Ve a saber si fue pura coincidencia. Pero de dormir profundamente, despertándose cada tres horas para comer; pasó a dormir agitado, despertándose cantidad de veces para reclamar el chupete (que todavía no aprendía a ponerse solo), para pedir teta y otras tantas para llorar. Esas fueron las peores. Se ponía a llorar a los gritos. Entonces su padre o yo lo tomábamos en brazos, le metíamos el chupete a la boca, le cantábamos, le recitábamos, le hacíamos shu-shu-shu, lo paseábamos por toda la casa, le poníamos la secadora de pelo. A veces se calmaba a los cinco o diez minutos. A veces tardaba media hora o más. 
      Lo del día, según mi memoria, ha sido así siempre. N trae escondido, en algún lugar inaccesible, un cronómetro. Que le dicta que a los treinta y dos minutos exactos de haberse quedado dormido, ha de despertar. No importa dónde o cómo se duerma. Treinta y dos minutos después, abre los ojos. 
      Y sí. Lo de la dormida ha sido siempre su punto débil.
      Cierro paréntesis.
      Decía que N come que da gusto. Sólo con treinta y nueve de fiebre ha rechazado una papilla. Una nada más.  De hecho, cuando ve su plato o el tarrito de la fruta rallada, da grititos de excitación. Otra cosa que le encanta es chapotear en la bañera. Y está comenzando a desarrollar un particular gusto por los libros, que me tiene encantada. 
      En pocas palabras, es insomne, simpático, guapísimo y maravilloso. Y no lo digo porque sea su madre. Bueno, lo digo exactamente por eso. Y porque es cierto.

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