La ciudad en la que vivo nunca me ha gustado. Lo he dicho, escrito y sobre todo pensado cantidad de veces. El barrio en que vivo, sin embargo, sí que me gustaba. Cuentan que en algún momento estuvo poblado por dealers, drogadictos y sobre todo (¡ay!) extra comunitarios inmigrados. Pero eso fue hace años. Cuando M y yo llegamos acá, ya era uno de esos lugares que cuando yo era joven, se catalogaban como alternativos. Creo que se sigue usando la palabreja. Pues bien, San Salvario, que así se llama este barrio, era de esos. Un lugar donde abundaban lugarcitos bohème donde ir a tomar el aperitivo, comprar chucherías, ver una exposición de fotos, comer comida étnica o simplemente tomar un café. Cuatro años después, la cosa ha cambiado. Y de bohème, el barrio se ha vuelto más bien trendy. O lo que es lo mismo, pasó del casi underground al mainstream total. Hoy, todo lo que pasa en Turín y es digno de existir, pasa en San Salvario. No sé cómo ni cuándo exactamente se dio el cambio (¿la evolución?) Pero en los últimos dos años (sobre todo en este último) han cerrado y abierto y vuelto a cerrar y vuelto a abrir cantidad de pizzerias; tiendas de comida biológica, de productos eco-friendly; galerías y micro galerías de todo tipo de artes; estudios de arquitectura, de diseño; ateliers de diseño de ropa, de muebles vintage, de lujos varios. Pero sobre todo de bares. Que se han convertido en el centro neurálgico de la Movida turinesa. Así, con mayúscula como suelen escribirlo ellos.
Esa es una cosa que incluso me gustaba. Ya lo dije. Sí, me gustaba. Aclaro que yo en esta ciudad nunca fui frecuentadora de bares ni cultivé nunca la costumbre de hacer el aperitivo cada fin de semana. Fundamentalmente porque M y yo somos más bien ratones de casa. Pero nos gustaba la idea de que si por una combinación inusual de circunstancias, nos aventurábamos a cenar fuera o a tomar algo, sólo debíamos arrastrar nuestro esqueleto unos pasos o unas cuadras lejos de casa.
Ahora este barrio me gusta poco. Una de esas tantas cosas que cambian con la maternidad. Siendo un barrio trendy-joven-alternativo, es el barrio menos adapto para una familia. Sí, se lo juro. Ya es difícil pasear a un bebé a eso de las dieciocho treinta de cualquier día de la semana por las calles de un barrio atestado de luces neón, músicas estridentes, gente que fuma, gente que bebe, gente que fuma y bebe. Pero lo peor es eso de que en algún momento de la semana, es viernes. O peor: en algún momento es viernes por la noche. O peor: poco después es sábado por la noche. Y entonces resulta que entre las diez de la noche y las cinco de la mañana, debajo del balcón de nuestra habitación marital, pasa un interminable desfile de gente eufórica camino a emborracharse, de gente alegre y borracha, de gente enojada y borracha y de gente borracha nomás. Así, en ese orden cronológico. Gente que grita (o habla, que en italiano, según mi experiencia, son sinónimos), que canta, que se pelea con alguien por el celular, que trae la radio del auto encendida a un volúmen indecente.
Y las veces en que N, nuestro bebé de 9 meses, decide hacer a un lado su insomnio y dormir unas cuantas horas de tirón, el ruido debajo de nuestro balcón nos despierta cada dos por tres. Al grado de tener que abrir la persiana, la ventana y asomar el cuerpo entero para pedir: ¡ey, bájenle a su fiesta que hay gente que intenta dormir! Esa última parte la hace siempre M, claro. Para pedir ese tipo de cosas es mejor ser grande y peludo y usar un tono gravísimo de voz.
Hoy es sábado por la noche de nuevo. Y son las diez apenas pasadas. Allá abajo en la calle se empiezan a escuchar las primeras conversaciones, los primeros pasos apresurados y de tacones altos, las primeras motocicletas buscando dónde estacionar. Espero sólo que con el paso del tiempo, el sentido del oído se me vaya insensibilizando a este tipo de ruidos. Si no, siempre queda la opción que se le ocurrió a M uno de esos sábados en que nos despertó una orda de adolescentes cantando a todo pulmón el feliz cumpleaños: globos llenos de agua que se escapan de nuestro balcón.
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