sábado, 8 de diciembre de 2012

El arrullo de la secadora de pelo




Quizás este video les pueda parecer exagerado. O truqueado. Pero los primeros seis meses de su vida, cuando a N le entraba alguna de esas crisis neonatales de llanto incontrolable, se calmaba sólo exponiéndolo a las ruidosas ondas de la secadora de pelo.
      Descubrí su efectividad en el hospital. El tercero de los cuatro días de pesadilla que pasé en el Sant’Anna. Fue el peor día. O mejor dicho, la peor noche. De día la cosa no era tan grave porque M y mi madre se turnaban para pasar todo el día con nosotros. Las noches eran terribles porque era entonces cuando N lloraba más y yo sentía que me moría de la pena, del dolor de espalda, de los nervios alterados, de impotencia, de sueño.
      Pero la tercera noche fue la peor, decía. N y yo llevábamos cosa de una hora dormidos. De repente, a eso de las nueve de la noche, lanzó un grito y se largó a llorar. Pasamos por una especie de vía crucis que duró más de cinco horas. Cuando finalmente se calmó y se durmió, una de las comadronas (u obstetras, como les dicen ahora), me mandó a darme una ducha caliente de al menos diez minutos sobre cada seno. Porque como les sucede a muchas, los conductos mamarios, lactíferos, galactóforos o en fin, los ductos por donde baja la leche, se me estaban obstruyendo y tenía las tetas duras, calientes y dolientes.
      Me fui hasta las duchas comunales, empujando la pecera de plástico transparente en que se transporta a todo recién nacido en ese hospital. N dormía. Me dispuse a hacer lo mío, pero apenas meterme bajo la regadera, mi hijo empezó a llorar a los gritos.
      No me acuerdo si llevaba toalla o no. La cosa es que en medio de aquel escándalo (créanme, el llanto de N es agudo, estruendoso, rompe tímpanos) y buscando secarme, tomé la trompa de una secadora de pelo que debieron haber fijado al muro de la ducha no antes de 1980. El cacharro se encendía apenas separarlo de su base. Y el sonido que producía era como el de la primera secadora de pelo de la historia. Pues bien, apenas se puso a andar la cosa, N relajó la boca, los brazos, la cabeza. Dejó de llorar y volvió a quedarse dormido. Mi estupor me llevó a apagarla de nuevo para ver si en serio aquel ruido infernal lo había calmado. Apenas volvió le silencio, él volvió a retorcerse y a llorar y a gritar. Así que la dejé encendida un rato. Hasta que vi que dormía profundamente.
      Al día siguiente volví a empujar la pecera hasta las duchas cuando N sufría una crisis de llanto incontrolable. Todas las veces se calmó. Lo mismo en casa. El arma principal para calmar sus crisis de llanto, fue siempre la secadora de pelo, que pasó de estar colgada en una esquina del baño, a ocupar un privilegiado banco al lado de la cuna de N.
      Un día dejó de funcionar. O más bien, N dejó de ser un recién nacido y se convirtió en un bebé. Las crisis de llanto incontrolable se terminaron y ya no hubo necesidad de usarla.
      Ahora, cuando la veo en el baño, a veces la enciendo un par de segundos, sólo para escucharla. Qué quieren. Yo también le tomé cariño.  

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